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Nuestra vida.

26 marzo 2009
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Tenía unos ojos grises y tristes. El rostro bello pero con un gesto de severidad, como dispuesta para una bronca si sucedía algo que la incomodara. Y en la  mejilla derecha, justo debajo del parpado una cicatriz no muy grande pero que el maquillaje no podía disimular. Era hermosa y era una bruja

Le daban miedo los espejos y lo primero que hizo cuando entró en mi casa fue examinar habitaciones y armarios para localizarlos. Tan solo encontró el del mueble del baño y era fácil de solucionar, bastaba con colgar una toalla mientras se duchaba. Nunca me expliqué como se arreglaba y se pintaba pero todas las mañanas salía perfecta. Los espejos eran su talón de Aquiles, pero era una bruja solvente y no se dejaba arrastrar por el pánico, tomaba sus precauciones y evitaba simplemente, así lo decía ella, que la atraparan.

Su principal talento de nigromante era que veía la vida de la gente, le bastaba con coger la cabeza de alguien entre sus manos, rozando apenas con los dedos las sienes del desconocido y ya sabía todo lo que le había sucedido: los años de la infancia, el cariño de su madre, las peleas con los compañeros del colegio, porque nunca acabó la carrera y como fue aquel maldito accidente con el coche justo el día que se iba a licenciar del servicio militar. Apenas unos segundos con la cabeza de cualquiera entre sus manos y podía escribir su biografía completa desde su nacimiento hasta ese instante.

Nunca practicó con mi testuz. Una tarde de octubre soleada, que paseábamos por el Parque del Oeste me atreví a preguntarle por qué. Si giró con es mohín de enfado que siempre tenía en prevención y dijo:

– Tu vida, lo que te ha sucedido no eres tu. Se quien eres tu y además eres mío.
Fue una tarde estupenda.

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