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La niña mora.

5 abril 2009

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Felicidad no era la palabra. Habíamos resucitado sí. Resucitado de la muerte, de la sed, de los orines que nos bebíamos, del hedor de la gangrena y los excrementos. Del terror. Sólo quien conozca un blocao en Marruecos, quien haya sobrevivido a un sitio de la cábila puede entender lo que quiero contar.

Me abracé al cabo del tercio que me echo los brazos encima para levantarme, ni a mi madre la hubiera abrazado con tanta felicidad. El tío se puso a llorar. No quedaba ni una sola gota de líquido en mi cuerpo y agarraba como podía, sin fuerzas, el pellejo de agua. Bendita agua.

Un sanitario me hizo la cura del tiro en el hombro, alcohol, polvos azufrados y una venda limpia. Después no se como bajamos todos los supervivientes al aduar. Mejor decir lo que de el quedaba. Esparcidos por todas partes cuerpos de moros, los nuestros se habían empleado a fondo. Y de repente allí estaba, parada delante mi, casi tocándonos. Era apenas una niña, cubierta con una manta. Temblando, paralizada. Me miraba, había fijado sus grandes ojos de mora en los míos. Entonces desapareció todo, el blocao, la guerra, mi vida anterior. Lo único que quedaba era aquella niña y su mirada que ya no me penetraba la vista, ahora me devolvía mi propia mirada.

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