Un vencejo en la ventana.
Abría la ventana y era una proclamación que llenaba de aire y de luz la habitación, del cielo del verano dibujado de vencejos, cálido y sereno. Se había vuelto para encontrarse con sus ojitos negros, con aquella mirada infinita de su niño que se le aferraba al corazón y le decía: “mama aquí estoy, te necesito, necesito tu fuerza y tu amor”. Lo primero, antes que nada, la limpieza y la cura y luego dejarlo todo preparado, gasa, suero y el inhalador, para cuando regresara por la tarde. Le preparaba el desayuno María, la asistenta peruana que cuidaba del niño mientras ella estaba en el juzgado. Apenas tenía cinco minutos para el desayuno, para saborear el café con leche que tanto le gustaba y el último minuto para abrazar a su niño y salir deprisa, siempre deprisa hacia la oficina.
Hubo un tiempo, al principio que odiaba la enfermedad, que renegaba del mundo y de Dios por aquel mal que se apoderaba del cuerpo de su hijo. Ahora ya no, ahora casi ni lloraba, sólo algunas veces, de repente; era como si las lágrimas surgieran solas, como si se quisieran escapar sin congoja, sin sollozo desde algún lago sin fondo del alma.
Cuando el niño preguntaba por su padre, cuando quería saber si iba venir a verle, sólo entonces volvía odiar. Escuchaba en su mente la frase que era todo horror y frente a aquellas palabras de veneno se interponía ella para que no alcanzaran a su niño. “Para vivir de esta manera es mejor estar muerto”. Sí, le odiaba.
El juzgado eran ocho horas diarias de papeles, del ruido de las impresoras, de carpetas y legajos amontonados sobre las mesas. Había sombras, se pusiera donde pusiera siempre había alguna sombra para impedir la claridad, para que la luz estuviera siempre manchada por algo borroso, una atmosfera que todo lo convertía en desgastado e incomodo. Le sucedía en ocasiones que dejaba de distinguir las letras sobre el papel, esforzaba la vista y solo percibía una línea oscura, torpemente trazada sobre un plano amarillento.; tenía que levantarse rápidamente, salir a la calle con cualquier escusa, hasta que se le pasaba.
Siempre alguien traía revistas a la oficina, en una había el reportaje sobre una actriz que enseñaba su nueva casa. En las fotos, que no tenían sombra alguna, todo era tan perfecto que daba un poco miedo. Las niñas jugaban en el jardín con un hombre que parecía feliz. Le vino una arcada y luego algo de odio otra vez, pero no mucho, fue un instante.
En el monasterio de Saharna en Moldavia se conserva un palimpsesto nestoriano del siglo VII, que habla de los ángeles y en el que se dice que los vencejos y las pequeñas golondrinas son criaturas del reino de los ángeles, que hacen también de emisarios de Dios. Un vencejo se ha posado en la ventana, ha detenido su increíble vuelo para quedarse allí quieto, mirando al niño y a su madre y a María, que está calentando la leche para desayunar los tres.