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Bishung.

28 octubre 2009

450px-Bundesarchiv_Bild_135-KB-14-082,_Tibetexpedition,_Ernst_Schäfer

Todo el camino era un barrizal, un río de lodo oscuro. Hasta los yak estaban agotados, se hundían hasta los hijares y los sherpas tenían que empujarlos y usar de los palos de bambú para que continuara la marcha de la caravana. Llovía sin tregua. Ernst no podía recordar otro paisaje ni otro tiempo desde que dejaron el Yang-Tse, una lluvia incesante sobre una tierra enfangada de colinas bajas cubiertas de bosquecillos y valles amplios, sin apenas vegetación. Ni el sol ni el cielo existían allí, al día sin luz le sucedía una noche en la que siempre arreciaba el agua.

Pasaban por pueblos abandonados en los que encontraban cadáveres mutilados con esmero. Al atardecer la caravana se tuvo que detener, el camino estaba ocupado por centenares de campesinos, familias enteras que huían de los comunistas que habían entrado en su aldea. Eso significaba que habría que dar un largo rodeo para evitar a las milicias rojas. Sobre el mapa trazaron un nueva ruta, primero retrocederían hasta JiangHu, deshacer a marchas forzadas mas de cien millas, para luego tomar dirección noroeste durante otras cuatrocientas millas. Ernst le dijo a Duncan que iría con los dos cazadores tibetanos a comprobar si los comunistas dominaban la región o se trataba tan solo de una partida aislada. No espero respuesta del americano, se giró con un gesto y le siguieron los alimañeros y también Vladimir, el ruso blanco y el fiel Wang. Salieron al galope dejando a Duncan convencido que aquel loco se dirigía hacia la muerte.

Vladimir y los tibetanos acabaron discutiendo por la cabeza de uno de los comunistas, antes de que los cazadores pudieran hacerse con ella, Vladimir la había triturado con una enorme piedra. A los tibetanos les ofendía que alguien tocara un cadáver que ellas habían abatido y que ahora en ese estado, un amasijo de huesos, de piel y de sesos era imposible empalar junto a las otras cabezas del resto de los soldados rojos. Regresaron pasada la media noche, Duncan que ya había rehecho varias millas del camino, se alegró francamente pero pensó que no le daría otra oportunidad a este alemán loco de poner la vida de todos en peligro, especialmente la suya claro.

Dejo de llover, la temperatura era más baja y las noches aunque todavía no helaba eran muy frías. Los caminos se fueron secando y por fin avanzaban a buen ritmo bajo un cielo azul y un sol suave. Los pueblos estaban habitados, la guerra no había alcanzado aquellas tierras y podían comprar alimentos a los campesinos, galletas, leche de yak, queso, mantequilla y hasta consiguieron habas frescas y manzanas.

Wang le despertó, no le entendía nada de lo que decía. El chino desesperado empezó a gesticular de una forma absurda, como si hubiera enloquecido. Miró su reloj, faltaban más de dos hora para que amaneciera.: “Bishung” le repetia Wang muy bajito para que nadie se despertara, metiéndole casi los labios en el oído. Bishung, el oso gato del bosque. Se calzo las botas y le hizo una señal de silencio a Wang. Recogió el rifle echó una lata de sardinas al macuto y salio de la tienda mientras Duncan dormía profundamente.

El bosque era tupido, el bambú crecía formando frondas, abigarradas y verticales sobre un suelo que estaba tapizado de hierba y de hojas. Había grandes piedras cubiertas por musgo y donde los árboles y el bambú dejaban espacios crecían helechos y una planta que recordaba vagamente a la hiedra pero con hojas diminutas. La luz del mediodía se derramaba en haces plateados que atravesaban aquel bosque que permanecía oculto al cielo. Ernst ordeno a Wang que le esperara junto a una pequeña poza de agua, el continuaría solo desde allí. El chino se quedó desconcertado, sin embargo como siempre obedeció.

Bishung se acababa de despertar y algo extraño estaba en el bosque. Había un olor desconocido. Antes de trepar mas arriba olisqueó de nuevo para encontrar de donde venia. Si… allí estaba, Bishung se asustó. Nunca hasta entonces había visto un ser así. Cuando Bishung se asustaba, todo el bosque tenía miedo y un silencio funesto se apoderaba del aire y de todas las criaturas, de los pájaros, de los animalillos que viven en los árboles y los que se ocultan en la tierra y también de los árboles y de los líquenes y de las plantas de las que brotan las flores tan bellas, todos los seres quietos y verdes, los que se mueven con sus patas y los que vuelan a todos ellos les alcanzaba el miedo.

Ernst escuchó aquella voz de nuevo y dejo de apuntar a Bishung con el rifle. Era la misma voz de que le habló de niño en el bosque, en las afueras de Colonia. No había palabras pero era una voz. No era tampoco música y él no podía entender que le decía. Se desplomó sobre el suelo. Le dolía una pierna y aquel dolor le devolvió ese eco que es la conciencia y supo que estaba allí caído todo lo largo que era y que estaba rezando.

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