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El gato y el lebrel.

28 agosto 2010

El sol castigaba sin contemplaciones por la virgen de Julio. Era por la mañana temprano pero el calor tenia ya encendida la atmósfera. Dos filas de higueras  protegían la carretera con su  verde furioso que desafiaba a la luz del verano. Más allá de la linde arbolada la tierra era amarilla y a tramos rojiza,  abrasada  por la intemperie, terminada  la siega de los trigos. Ventura detuvo el Opel y se bajó.

–         Y ahora se puede saber que pasa, soltó Isidro entre cansado y sorprendido.

Ventura se dirigió casi a paso ligero  hacia  las higueras, primero a las de la izquierda y luego cruzó al otro lado para examinar un par de ellas.

–         Están verdes, en quince días con este sol se podrán comer los primeros higos.

–         Y para eso tienes que parar Ventura, hay que joderse, anda vamos a seguir a ver si llegamos que lo que has conseguido es despertar a Marga.

–         Si no me había dormido don Isidro, contesto una voz clara de mujer desde el asiento de atrás.

–         Tenemos que llegar a Sacedón antes de comer, hay que hablar con el Alcalde,  si no llegamos a tiempo nos tocará esperar hasta las seis o las siete, cuando su excelencia quiera  levantarse  de la siesta.

No llegaron hasta después  las tres de la tarde, por culpa de un pinchazo. Comieron en un bar de la plaza mayor, chuletas con huevos fritos y ensalada, tras el café  Ventura se fue al coche para hacer la digestión y se llevó la advertencia  de Isidro:

–         Las ventanillas abiertas y nada de fumar dentro.

A Isidro le gustaba Marga, vamos no es que le gustara exactamente, es que estaba enamorado como un tonto. Pero se aguantaba, era su representante y se tenia que aguantar, o  al menos eso se repetía a si mismo, últimamente casi todos los días varias veces.  Marga era en el mundo del espectáculo  Marisol Conde y desde luego Isidro que por algo se dedicaba a esto, sabia que iba para figura de la canción española. Solo necesitaba una semana en Madrid en el candelero y que algún compositor importante como Ochaita o el maestro Quintero le hicieran  una canción  y de todo eso se iba encargar él porque Marga lo valía, tenia arte y tenía duende.

Era guapa, con el pelo castaño,  muy blanca de piel, el talle menudo, las piernas bonitas y los ojos como la miel y la nariz igual que la de Ginger Rogers, aunque a ella no le gustaba su nariz. Como cuenta  la zarzuela, lo que se dice  un tipo de madrileña que para eso era de Chamberí, de la calle Monteleón. Hace dos años tuvo que convencer a su padre para que la dejara probar a la chica en esto del cante, afortunadamente el padre había  hecho la guerra de África y que Isidro hubiera llegado a sargento de regulares resultó definitivo para conseguir el permiso paterno.

Isidro se alistó en Enero del treinta y cinco  con diecisiete  añitos y con una recomendación de Muñoz Grandes,  porque  los padres del General  y la familia de Isidro  eran  vecinos en Carabanchel. Se chupó  media guerra en el tercero de Melilla y la otra media después de la campaña del norte ya con los galones de sargento en el primer Tabor de Tetuán a las órdenes  de Barrón. Se licenció en el cuarenta dos y sin saber muy bien como sucedió se encontró con el carnet  del sindicato de espectáculos, con  el Opel y con Ventura y media docena de artistas montando espectáculos por la ferias de los pueblos de Madrid, Guadalajara y  de Toledo. En todo esto algo tuvo que ver una cantante de tangos que conoció en Tánger cuando todavía estaba en el ejército, pero este era un asunto del que no hablaba ni le gustaba hablar. Durante el invierno montaba si tenía ocasión  espectáculos en Madrid o  trabajaba para las  compañías de Revista.

Se habían quedado solos tomando un café con leche, Isidro habido decidido no pensar mas, simplemente quedarse allí y estarse quieto y en silencio, como en la guerra cuando  zurraba la artillería de los rojos. La mesa con su mantel de cuadros pequeños, estaba pegada a la ventana, que tenia bajada la persiana verde y dejaba ver el alfeizar con sus macetas de geranios florecidos. Se estaba bien sin más y ellos  dos y su  silencio lo sabían, por eso se quedó de piedra cuando escuchó a su propia voz de decir, “será mejor que salgamos fuera”.

Porque había dicho aquello, como se habían  abierto sus  labios  para proponer esa insensatez, pero ya no tenía solución, estaban fuera con el solazo de las cinco de la tarde sobre ellos. Todo el pueblo siguiendo el ejemplo del alcalde dormitaba en la siesta, lo mismo   que un galgo y un gato, únicos habitantes de la plaza  estirados en el suelo a la sombra de un olmo, el uno junto al otro ajenos los dos al instinto que les hacia enemigos irreconciliables.

–         Has visto que dos, parecen sacados de un cuadro, dijo Marga mientras señalaba a los animales.

–         A la paz de Dios, escucharon a sus espaldas; era el saludo de un cura cincuentón,  calvo y fornido,  plantado con una sotana impecable.

–         Buenas tardes, Pater.

–         ¿ Que hacen ustedes aquí en medio de la plaza con la que está cayendo a estas horas ?

–         Acabamos de comer Pater, la señorita es Marisol Conde, artista de la canción española que Dios mediante y con la venía del señor alcalde estará el próximo domingo en esta misma plaza amenizando  las fiestas de Sacedón. Isidro Domínguez empresario de espectáculos para lo que usted mande. Y le alargo la mano la cura.

–          Juan Fuster, párroco de la Iglesia Mayor de San Pedro. Bueno pareja menos reverencias que se nos van cocer los sesos con este sol, vengan conmigo.

Los dos se cruzaron las miradas desconcertados pero sin rechistar siguieron al cura que andaba a buen paso, cruzaron la plaza y atravesaron tres o cuatro calles  hasta que llegaron a una plazuela con un fuente y un olmo y una iglesia grande, de la buena fabrica del Cister, con torre y campanario. Marga abrió su bolso para  sacar un pañuelo con el que cubrirse la cabeza antes de entrar en el templo. El interior era amplio, pintado todo de blanco, con los bancos lustrosos de barniz y el suelo de terrazo rojo, pulcro  y encerado, en  el altar el santísimo y un Cristo,  nada más.

–         En la guerra  los rusos convirtieron la Iglesia en hospital y de todo cuanto contenía no quedó nada, lo que no quemaron lo robaron. Había tallas hermosas, un gran retablo con dos cuadros  de  la Anunciación  y de San Pedro en la Cruz.  Con la ayuda de Dios y de algún cristiano con buenos duros la hemos  estado arreglando y vistiendo,  todo lo que ven es nuevo, los bancos, el Cristo que encargamos a un maestro Sevillano y en la capilla está nuestra Señora, la Virgen de los Desamparats, era de mi madre a quien Dios tenga en su gloria:  me la traje cuando ella faltó, desde mi casa de Valencia a esta Iglesia de Castilla.

Se acercaron a la capilla para ver la imagen de la Virgen,  era pequeña, poco más de cincuenta centímetros,  con el rostro delicado, bellamente perfilado con  lágrimas como si fueran gotitas de plata transparente. Marga encendió una vela y se puso a rezar. Isidro se ensimismado mientras la miraba  y le subió un aliento de felicidad desde el corazón hasta los ojos, que se le medio nublaron.

–         Algo si se salvo de la guerra de la guerra. Me contaron las gentes del pueblo que alguien dejó el cuadro  en la entrada de la iglesia al amanecer, en los escalones  unas horas antes que entrara el ejército nacional. Hay quien dice que fue el alcalde socialista que se lo había quedado para el  y lo tenia en su casa y esa mismo día huyo del pueblo, quien sabe lo único seguro es que  fue la voluntad de Dios que se salvara de toda la destrucción que sufrió el templo.

Cruzaron la nave para ver el cuadro en la otra capilla, era una tabla  de colores luminosos, con una Virgen al estilo italiano, bella y joven, como las que pintaba Boticcelli y  Rafael, rubia con el pelo ondulado, la tez nacarada y un gesto de profunda alegría mientras sostiene  al niño Jesús que coge la túnica de su madre con una de las manitas mientras que con la otra sostiene  una granada abierta mostrando sus frutos. Hay un Hortus Conclusus, un muro orlado de rosas blancas y tras él un paisaje de verdes colinas esmeradamente arbolado bajo un cielo azul. Y en el paisaje destaca solitario un soldado a caballo, con media coraza, la cabeza descubierta y portando una lanza con la bandera desplegada. Es un hombre joven que lleva en su rostro  la seriedad de quien se dispone ya a entrar en al refriega del combate.

Cuando  tuvo noticia cierta de la muerte de su hijo Juan en Hungria peleando contra el Turco, estaba en Milán. Pedro García de Henares  buscó el mismo un taller donde le pintaron una tabla de nuestra Señora y el Redentor y en la que también estaba  su hijo, tal y como el lo recordaba cuando marchó alistado en el tercio viejo de Sicilia, para guardarlo en sus memoria y poder rezar por su alma allí donde encontrara ocasión. Vuelto a España, a su casa solariega en Sacedón tras casi  treinta de servicio de armas llevó consigo aquel cuadro que en su testamento donó a la Iglesia de San Pedro, aquella en que bautizo a su hijo.

Isidro se quedo ensimismado mirando el cuadro. Había reconocido a aquel soldado, habían pasado ya muchos años, pero nunca podría olvidar aquel asalto en la batalla del Ebro  donde vio la granada que iba matarle, entre aquel proyectil y él alguien se interpuso. Le recogieron los camilleros cubierto de sangre, sin conocimiento pero ileso.  Siempre supo que aquella sangre no era suya, todo sucedió  durante una fracción de segundo, adelantándose le había salvado y había muerto por él. Era  aquel hombre joven con armadura del cuadro.

Cuando salió de nuevo con Marga a la calle, Isidro no podía hablar, no hubiera sido capaz de pronunciar una sola palabra,  ella también iba en silencio con sus propios pensamientos, principalmente con uno que consistía en que iba a tener que dejar la canción porque se había enamorado de Isidro. Ninguno de los dos se fijó esta vez en el gato y el lebrel que continuaban en la plaza, si lo hubieran hecho quizás se habrían dado cuenta que eran los mismos que estaban también  en la tabla italiana,  en un prado florido, junto al joven soldado a caballo.

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