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Los días sin aire.

17 febrero 2013

El ultimo día sin aire fue este verano. Fue el día catorce, la víspera de la virgen de Agosto. No sería capaz de fijar en el calendario los otros días sin aire anteriores, pero este sí, todavía sí. Los días sin aire con el tiempo desaparecen de la memoria y no dejan rastro pero de este todavía me acuerdo. El cielo que había estado despejado durante toda la mañana, atravesado por el sol fuerte y agotador del verano al atardecer se había nublado, se había puesto gris con una calima turbia. Curiosamente no aumentó el bochorno y la temperatura descendió algunos grados así que pensé aprovechar para salir a correr. De todas formas antes bebí un par de vasos de agua porque el calor era todavía muy fuerte. Quería llegar hasta el rio y recorrer algunos kilómetros por el largo paseo arbolado de la ribera y luego deshacer el camino y regresar hasta completar una hora.

Desde que empecé a correr me encontré incomodo, con malas sensaciones, cada zancada me costaba un gran esfuerzo, las piernas estaban pesadas y hasta la pisada era forzada, como si mis pies se asentaran mal sobre el terreno.

Ocurrió cuando llevaba unos quince minutos de carrera, descendía por la cuesta de tierra que atraviesa el parque nuevo, entre praderas cuajadas de arboles todavía no muy grandes y que conduce hasta el paseo del rio. Los ojos empezaron a escocerme, primero levemente después tanto que me obligaron a parar, me froté con la manos aunque eso no me aliviaba. El escozor persistía y los ojos no lagrimaban pero me dolían por dentro como si una aguja invisible perforara desde el interior del glóbulo ocular hacia la superficie de la cornea, primero en unos de los ojos, luego en el otro y luego alternativamente en los dos.

De repente desapareció ese picor y los pinchazos, tal como habían llegado sin síntoma y sin sensación previa. Pude abrir los ojos y ver que había desaparecido el aire. Sí, ya no estaba allí; la atmósfera seguía existiendo y no tenia dificultad de respirar, pero el aire no estaba. Las aves se habían percatado y estaban quietas, aferrados en las ramas de los arboles. Era un extraña visión, ver todos aquellos arboles del parque con grupos de pájarillos quietecitos, acurrucados e inmóviles. Las palomas, más grandes, habían adquirido una pose hierática de animal disecado y las grajas tenían el cuello girado para ocultar el pico con una de sus alas.

Empecé a sentir un dolor en el pecho, los mismos pinchazos que unos instantes antes se cebaban en mi ojos ahora estaban en mi pecho, entre el plexo solar y los pulmones. El dolor iba en aumento hasta ser insoportable; caí de rodillas al suelo, doblando la cabeza hacia bajo.

Pero podía seguir respirando a pesar de que ya no existía el aire.

Estaba en cuclillas y al mirar mis manos que se apoyaban en la tierra vi que mi piel era de cuero. Un cuero pardusco, levemente ocre. Un cuero viejo, antiguo muy antiguo , seco y cuarteado. Y cuando instintivamente mis manos fueron a recogerse sobre mi rostro, sentí el tacto del cuero con el cuero, el roce del cuero seco y cuarteado contra otro cuero seco y cuarteado.

Estaba aterrorizado y nunca he sentido tanto miedo, pero seguía respirando aunque el aire no existía.

Me salvo un árbol, era unos de los pocos arboles grandes del parque, un álamo de corteza blanca y ramas extendidas, pero en el que ningún pájaro se había posado. El álamo con sus hojas verdes de pleno verano me dijo:

Entra dentro de mi, no suelo hacer esto pero me das pena… así que entra en mi interior. Si fueras un pájaro bastaría que te posara sobre una de mis ramas, pero eres un hombre y tienes que entrar dentro de mi.

Entré dentro del árbol, no se como pero estaba dentro. El dolor me había agotado y me quede dormido. Soñé con una llanura tan extensa que se perdía en el horizonte, soleada y cubierta de juncos y atravesada por una retícula de riachuelos, de pequeñas corrientes cuyas aguas estaban coloreadas. Había arroyos con todos los colores imaginables, como si la lluvia hubiera precipitado sobre sus aguas el arco iris.

Me despertó la voz un poco aflautada del álamo:

Ahora debes salir de mi.

Y así lo hice, fue como dar un paso y abrir un puerta, aunque ni mis pies se movieron ni mis manos empujaron ninguna puerta, pero estaba fuera. Y el aire había vuelto. Y mi piel era otra vez mi piel.

Escribo todo esto para poder guardar esta hoja porque los días sin aire se borran de la memoria. Aunque ahora que lo pienso también me preocupa que de los días sin aire se borren las palabras que se escriben sobre ellos.

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