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El puente sobre la autopista.

10 abril 2013

Reichsautobahn bei Bernau

“El 4 de Junio de 197… puede usted recoger un cheque a su nombre por valor de cien mil marcos. Para ello deberá presentarse a las seis de la tarde en el puente para peatones que hay en el kilómetro 68 de la autopista de Stuttgart a Münich. Puede acudir acompañado pero cuando suba al puente debe hacerlo solo. Para que este informado y para su tranquilidad debe saber que tiene adjudicada esa cuantía como parte de un caudal hereditario, el resto de los derechos que le han sido otorgados y las condiciones de los mismos le serán comunicados en el momento y lugar en que se le ha citado”.

La carta la firmaba Herr August Pfegner Geberin, albacea. El sobre llevaba un matasellos de la estafeta número ocho de Stuttgart y carecía de remitente. Hanna necesitó leer tres veces la carta para que se mente se liberara de aquellos pocos renglones escritos a mano en una antigua y delicada caligrafía. Luego su primer pensamiento fué llamar a Klauss para contarle aquello por teléfono y pedirle consejo, pero pensó que no, que si hacia eso su novio acudiría y pasarían toda la tarde revolcándose y haciendo el amor y no, eso ahora no le apetecía en absoluto. Tampoco le diría nada a su madre, ni a ninguna de sus amigas… no se lo cantaría a nadie.

Bernard miraba todas las mañanas el buzón de correos, justo cuando salía camino de la fábrica de pan. El sobre le parecía extraño, era blanco como la nieve, con un tacto suave que casi parecía piel en vez de papel. Su contenido le desconcertó y dudaba que aquello fuera verdadero o incluso real. Una herencia de cien mil marcos es mucho, pero de quien. Mentalmente pasó lista a sus parientes, a sus tios y tias y ninguno si hubiera fallecido podría dejar una cifra así de herencia, era imposible y además todos tenían hijos. Y luego estaba lo de ir a aquel puente precisamente el dia de su cumpleaños. Llevaba desde hace días amargado con eso, con cumplir cincuenta años. No podía dejar repasar su vida hacia tras y sólo sentía ira. Le reconcomía el pasado donde no podía encontrar ningún recuerdo de felicidad al que aferrarse y si al menos hubiera podido montar una panadería, pero hasta para eso ya era demasiado tarde, mientras la maldita fábrica de pan iba consumiendo su vida día tras día.

Pepa llevaba cuidando desde hacia algunos años de Elda. La sacaba a pasear cuando el tiempo era bueno en el carrito de ruedas. Hacia la compra y la limpieza de casa y también era su ayudante en la cocina porque Elda preparaba la comida. A Pepa los guisos alemanes no le gustaban mucho, para empezar no le gustaban nada las salchichas. En cambio le encantaban los postres, las frutas confitadas, las cremas y las tartas y bizcochos que preparaba Elda, alguna veces hacia esas recetas en casa, sobre todo por los niños pero ni le salían tan bien como a Elda, ni disfrutaba haciéndolo como cuando estaba con ella.

                      — No te preocupes Elda nos apañaremos para llegar, cogeremos el tren hasta Stuttgart y desde allí un taxi hasta ese puente.

Mirando hacia el este desde el puente, siguiendo la gran banda de asfalto la mirada se queda atrapada en un horizonte de montañas verdes, suaves, con bosquecillos de abetos y praderas. En aquellos montes sucedió un milagro hacia siglos, durante la revuelta de “La Abarca”. Miles de campesinos, la mayoría mujeres, niños y ancianos que allí se refugiaban fueron rodeados por los mercenarios gascones. Sin embargo antes justo de que comenzara la matanza, un pequeño destacamento al mando del caballero Florian Von Geberin alcanza aquel lugar, custodiaba las rentas del año de la ciudad de Ulm, que había recaudado en nombre de Archiduque. El caballero Von Geberin entregó aquellos caudales a los gascones a cambio de que se retiraran de aquellos montes. Cuando se presentó en Münich y relató el destino que había dado a las rentas, el Archiduque le mando de nuevo de regreso a Ulm para recaudarlo todo por segunda vez. Una vez cumplida esta misión le hizo decapitar y envió al burgomaestre de Ulm la cabeza del caballero Von Geberin para que fuera clavada en una pica y puesta en el gran balcón del Ayuntamiento.

Los campesinos contaban que un Angel del Cielo les había salvado, que había pagado su rescate con una parte de aquel oro que en un cofre llevaban los Reyes Magos de Oriente al niño Jesús. El oro y los milagros son inagotables.

                  — Los cheques están expedidos, como ustedes pueden comprobar, en la Oficina Central de la Banca di Laboro de Milán, pero podrán hacerlos efectivos en cualquier sucursal de cualquier banco, les recomiendo no obstante que le indiquen al empleado que les atienda que se acogen a la comisión de clientes preferentes, dada la elevada cuantía de este talón. Debo informarles también que si así lo desean pueden renunciar al cheque a cambio de la contestación a una pregunta. Sí, cada uno de ustedes puede hacerme una pregunta, una sola pregunta y la respuesta la escucharan en solitario, por separado.

Tras está palabras se había quedado un silencio extraño, quizás imposible apenas unos metros por encima del tráfico de la autopista. Fueron unos segundos lo que tardó Hanna en pedir el cheque y abandonar el puente corriendo con una inmensa sonrisa. Bernard también tomó el cheque y se fue directamente a casa pensando que explicación sobre aquel dinero le daría su mujer, porque desde luego no pensaba contarle lo que había sucedido, ni si quiera él creía que aquello fuera totalmente real.

                    — Yo no quiero el cheque lo que quiero es conocer una respuesta. Pero necesito que este presente Pepa, lo necesito de verdad, por favor.

                   — Bien, que así sea, ella también puede subir a este puente, dijo el caballero Von Geberin.

En los montes, en medio de los bosques hay algunos altares, junto a un gran abeto unos y otros junto alguna roca, con una cruz de madera del estilo de la región y en ella la gente deja clavados papeles que llevan escrito una petición, un deseo o incluso implorando un perdón. También hay una fuente, que nunca se hiela en invierno ni se seca en verano y que llaman la “Fuente del Caballero”.

Sobre el puente que hay en el kilometro 68 de la Autopista de Stuttgart a Münich dos mujeres se abrazan, una carnal y robusta y sostiene entre sus brazos a la otra menuda y frágil; se están besando.

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