La espera.
Algo tan pequeño como un grano de arena. Minúsculo, insignificante hasta en su forma, inmenso en su repetición, su número incontable es el Desierto. Y allí está y sólo allí ese amarillo de dunas por el día. Y por la noche el viento y las sombras donde habita el alacrán, el lagarto y el chacal incansable. Y están las estrellas que lo amamantan eternamente. Yo soy del Desierto. No soy de la ciudad, ni de las montañas, no soy de la tierras junto al mar, ni de los pueblos de los campesinos, ni siquiera del oasis. Mi nombre es Mohamed y me llaman “el alma pura”.
Estoy sentado junto al pozo de la dos higueras, que lo creo Dios cuando cuando hizo el Desierto y esta aquí desde que pasó la primera caravana, guardando en lo más hondo el secreto de su agua oscura. Algún año de los que traen la lluvia del cielo crece un retoño de higuera y cuando su sombra oculta la pierna de un hombre, entonces un camellero piadoso tala la higuera mayor para que lo mismo que aquel primer día que Dios creo el Desierto siga estando aquí el pozo de las dos higueras.
Cuando cumplí doce años mi padre me llevó a conocer a la familia de mi prometida en Medina. Era verano y la caravana avanzaba de noche y descansábamos al amanecer. En sueños escuché la voz del arcángel Yibril y al despertarme poseído por su voluntad salí de la tienda para correr hacia el desierto tan rápido que ninguno de los sirvientes de mi padre pudo darme alcance. Durante horas vagué sin rumbo entre las dunas aunque nunca he podido recordar de aquel día nada que no sea el mensaje del arcángel Yibril, “combatirás a los demonios”.
Y yo que era un niño me decía como voy a combatir a los demonios, soy pequeño y débil, porqué ese mandamiento de Alá no es para mi padre o mi hermano mayor Ibrahim, que es grande y audaz. Eso pensaba pero nunca le conté esto a nadie, lo guarde para mi… sólo una noche que yacía con mi esclava negra, le hablé del mensaje de Alá y ella no supo que decirme, porque ella sólo me amaba y no podía comprender nada de aquello que le contaba.
Pasaron los años y engendré hijos y prediqué en la mezquita, llevaba una túnica amarilla y la gente decía que era del color del desierto pero yo sabía que no era así. Fué por áquellos días cuando entre los fieles comenzaron a llamarme “el alma pura”. Marché a Bagdad porque así lo había ordenado el Califa Mansur. Y cuando entré en el gran palacio y contemplé al sultán rodeado por lo ministros y los generales, los visires y los jueces de las provincias, entonces mi ojos vieron a un gran demonio rodeado por cientos de demonios y comprendí que había llegado el tiempo para el mensaje del arcángel Yibril.
El Califa tiene muchos palacios, en Bagdad y en otras ciudades. Son tantos que en algunos nunca se abrieron las puertas para él. Y en cada palacio hay una infinidad de habitaciones, de estancias y de patios. Hay jardines en los que florecen plantas desconocidas y flores hermosas con perfumes únicos, en lo que hay aves y animales fabulosos traídos de los confines del mundo. Hay habitaciones con paredes de plata y de oro, donde se amontonan las perlas, los zafiros, el lapislázuli y el ámbar. Hay piscinas de mármol con los colores mas extraños y el agua más pura y otras con leche y otras con hidromiel y otras con aceites perfumados. Y hay estancias donde viven muchachas y muchachos de tal belleza que su mirada turbaría el espíritu de un hombre para el resto de sus días. En los largos pasillos hay músicos, bailarinas y magos. Y también hay celdas donde se descompone a los hombres hasta reducirlos a algo irreconocible, lugares en los que el cuerpo es desmembrado y otros en que la mente es manipulada al igual que el guarnicionero trabaja la piel del cordero. Hay cámaras donde se guardan alimentos hasta que estos se pudren y entonces se sellan con ladrillo y cal y aun así la pestilencia se extiende por las galerías y los patios. Hay habitaciones que son sepulturas. Yo, Mohamed “el alma pura” he sido el brazo de Dios, he ganado batallas y conquistado ciudades y he destruido esos palacios, los he demolido hasta sus cimientos y he sembrado de sal esa tierra, porque todos los palacios son la casa del demonio.
Pero un día cuando regresaba de la Yihad con el gran ejercito de los fieles algo surgió en mi interior. Algo oscuro como esa primera mota negra en el azogue del espejo. Y la mota se extiende hasta formar una primera mancha y luego otra y otra más hasta que el espejo es sólo un cristal sucio e inservible. Y eso soy yo ahora.
He ordenado a mi hijo Alí y a mis generales y a los fieles que me siguen que regresen a sus hogares en las montañas, allí estarán a salvo y nada tendrán que temer mientras no edifiquen palacios, esas casas del demonio. Ellos me han obedecido.
Y yo estoy aquí solo desde hace tres días, junto al pozo de las dos higueras. Al amanecer del primer día me levanté, recogí una piedra y la dejé caer en el pozo. Pedí a Alá acabar tal y como había vivido, siendo su brazo y su espada cuando llegaran a este lugar los demonios. Y me he quedado aquí junto al pozo de las dos higueras esperando. Cuando amaneció el segundo día me levanté y recogí una piedra y la lancé con mi espada al fondo del pozo y he pedido a Alá que bajen los arcángeles del cielo y me lleven al paraíso. Y me he quedado aquí esperando.
Ha amanecido en este tercer día y estoy aquí todavía, junto al pozo de las dos higueras esperando el fin y ahora que ya me faltan las fuerzas para levantarme y dejar caer la última piedra, lo único que le pido a Dios es volver a tener conmigo a mi esclava negra, que tanto me amaba.