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El albatros negro.

29 junio 2013

800px-NSRW_AlbatrossSi me he decidido a escribir lo que ha sucedido en los últimos días es para ordenar mis ideas y porque al hacerlo puedo darle sentido a los hechos y a la situación en que estoy atrapado. Estoy completamente aislado, soy el único extranjero y no puedo contar con  ayuda, al menos de momento…

Me enrolé hace casi un año de primer oficial en el carguero “ Wandernden Sterne” de una compañía de Hamburgo y con permiso de navegación en las colonias franceses y por supuesto en las posesiones alemanas, en las Carolinas y las Marianas que hasta hace unos pocos años eran todavía españolas. Tras una temporada en un buque carbonero y repitiendo siempre la misma ruta entre Hong Kong y Manila se presentó una buena oportunidad para conocer los mares del sur y las islas. Recuerdo que el mismo día que subí a bordo escribí la carta a María, para decirle que ya había abandonado mi idea de regresar a Gijón, que se considerara libre de nuestro compromiso y que le deseaba la felicidad que tanto se merecía, que nunca la olvidaría. Mi ciudad, mi familia, mi vida anterior, que atrás queda todo.

Aquella tarde no tenia nada de particular, cenábamos a los siete en el camarote de oficiales, una hora después que lo hiciera la marinería. Nos reuníamos el capitán Wellger, el oficial de máquinas Hensen, el piloto Lust, el intendente Grüben y yo. Hacía de camarero el criado del capitán, un dayako joven, completamente tatuado que llevaba un cinto del que colgaban un machate y un revolver del que no se desprendía ni si quiera cuando  allí nos servía los platos. La comida era igual de mala que en otras ocasiones pero si que llamó mi atención que el capitán apenas hubiera probado la cerveza, cuando lo habitual era que le tuvieran que rellenar dos o tres veces la jarra de latón. La cena terminaba metódicamente con un vaso de schnaps y tras brindar por el Kaiser y por el Reich, uno a uno nos levantábamos para despedirnos del capitán y regresar a los camarotes o a nuestra tarea si estábamos de servicio. Cuando me disponía a pronunciar la formula de despedida Wellger mi indicó que me quedara, que tenia que hablar conmigo, así que allí estaba en silencio y esperando a que el resto de los oficiales se marcharan.

  • Alvarez se que es usted un buen oficial, también se que le gusta poco la cerveza y nada le schnaps. Karum trae la botella de cognac y un par de copas de cristal.

Me quedé más tranquilo, el asunto no debía ser malo si empezaba así la reunión. Karum, el criado dayako, nos sirvió el licor e inesperadamente se sentó a la mesa, sacó su larga y exótica pipa con cabeza de dragón y se puso a fumar. El capitán se bebió de un trago el cognac para quedarse mirándome e indicarme con un gesto elevando el pulgar que le imitara.

  • Si Alvarez, es usted un buen oficial y más aun es un buen marino. No me ha decepcionado, lleva un año a mis ordenes y he comprobado su pericia, es cumplidor y ni una sola vez ha faltado a sus obligaciones ni me he visto en la obligación de requerirle que rectificara en nada. Durante aquella tormenta que nos alcanzó tras abandonar Samoa estuvo a la altura de la circunstancia, me alegré de contar con un oficial así abordo. Actuó usted con aplomo en el burdel de Palapo, cuando nos rodearon aquellos marineros américanos para robarnos, eran unos malditos gangster pero salieron con el rabo entre las piernas. ¿ Qué travesías hemos hecho desde que está  embarcado en el “Wandernden Sterne” ?

  • La primera fue el cargamento de la fábrica de hielo desde Manila a Jakarta, después repetimos por dos veces la ruta de la de copra en la posesiones francesas Y nuestra última singladura ha sido el cargamento de Hawai a Guam.

Me quedé mirando el rostro hierático del dayako, completamente tatuado y sin sombra de barba, que tenía algo inquietante y a la vez femenino. El humo de la pipa se elevaba en pequeñas espirales grises con un agradable aroma a canela. Sin motivo mi mente se evadía para recordar el sueño que se repetía casi todas la noches desde que dejamos la Isla de Santa Cruz. La extraña bahía bajo un cielo gris en un paisaje del norte lejano y en el que las pequeñas olas llegaban con un sonido distinto al de cualquier otro mar. Escuchaba otra vez las palabras en alemán del capitán Wellger, mi conciencia regresaba al camarote y percibía el olor del tabaco especiado.

  • Y este es el problema, que usted se queda ensimismado como le ha sucedido ahora, que se va de aquí no importa a donde. ¿ Sabe lo que es un Albatros ?

  • Discúlpeme capitán, es que hace días que no duermo bien… debe ser eso. Sí se lo que es un Albatros, nadie que haya visto uno lo puede confundir, es distinto de las gaviotas y los cormoranes y su vuelo es inconfundible, ningún ave atraviesa el cielo como el  albatros, se desliza en el aire majestuoso, navegando como lo hace un viejo velero en un océano en calma.

  • Los dayakos llaman al albatros “Mabalian”. Mi criado Karum es un príncipe entre los dayakos y sabe cosas que ni usted ni yo podemos comprender, pero que existen. El “Mabalian Balu” existe. Este es el peligro y el peligro está dentro de usted.

De nuevo el silencio y aquel olor a canela. Escuchaba el golpeteo de mi corazón y podía sentir como avanzaba el barco entre las olas, podía oír las hélices monótonas y el choque incesante del mar contra el casco de la nave. El capitán ahora había clavado su vista sobre mi, conocía esa mirada cuando lo único que cuenta es la de la determinación animal por sobrevivir.

– “Mabalian Balu”, significa el albatros negro.

Tenia la garganta seca y haciendo un esfuerzo pude articular las palabras justas para decir que desconocía que existiera una especie de albatros negro. El dayako empezó a entonar una letanía, un canto en un tono bajo, era dulce y dentro del camarote adquiría las propiedades del eco, las volutas del tabaco tenían ahora la consistencia de la niebla y me ofrecían un refugio para ocultarme a la mirada de Wellger. Estaba en la misteriosa bahía del norte y las palabras del capitán, llegaban desde lejos, desde muy lejos.

    • Dos años, me quedan tan sólo dos años y podré regresar a Bremen; me dedicaré a mi almacén, beberé cerveza, cerveza de verdad y pasearé al atardecer por el puerto y los pescadores me invitarán para que les relate las historias de los mares sur. Sí quiero regresar y lo voy hacer y si para eso tuviera que matarle, lo haré. El “Mabalian Balu” vuela hasta este mundo a través de los sueños de un marino, quizás un capitán o un piloto, a veces hasta un simple grumete. Ese marino ha sido el elegido y durante la travesía esos sueños se apoderan de él hasta que poseen su alma y su cuerpo, hasta que un día avista un albatros negros y entonces la nave con toda la tripulación seguirá el rumbo de su vuelo para entrar en el océano del otro mundo y no regresar jamás.

Estoy libre de servicio y ahora mientras fumo un cigarro en el puente, a esta primera hora de la mañana cuando los marineros se dedican a baldear la cubierta; estoy a pesar de mi agotamiento, sereno. Los hombres enloquecen en los mares del sur, eso pienso. El capitán Wellger está perturbado, su deseo de regresar a Alemania, la nostalgia ha quebrado su mente. Ahora voy siempre armado, le he comprado a un marinero una pistola mauser y duermo también con ella. En cuanto Karum el príncipe dayako, pensaba que sería el esbirro con quien contaba el capitán pero ahora se que no es así y que me examina expectante como quien espera ordenes o una señal de mi parte.

Duermo mal, tengo ensoñaciones, a veces contemplo un archipiélago de islas cubiertas por bosques de un verde dorado y otras veces una costa de acantilados blancos bajo un sol suave y reconfortante; en las ciudades de aquel país que son bulliciosas fabrican sedas de colores increíbles que tienen la propiedad de envolver a quien las viste de perfumes que nunca desaparecen .Y camino por aquella playa misteriosa en una bahía del lejano norte y estoy junto a Karum que es una hermosa mujer.

Sí, hoy el mar está en calma, mis ojos escrutan el cielo y buscan el Mabalian Balu.

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