Un instante extraño.
No es un barrio bonito, carece de encanto, de lugares acogedores y lo que es peor tiene algo indeterminado que es agotador, quizás sea una atmósfera gris que extiende por sus calles como una silicosis etérea pero funesta, que traspasa las estaciones, persiste en la helada de enero y en el solazo del estío. Los bloques de casas se extienden jalonados unos tras otros, rodeados de ceras estrechas con acacias con la corteza negra por la carbonilla de la contaminación. En los portales de las viviendas más antiguas, las que se levantaron con ladrillo visto hay un pequeño jardín, generalmente mal cuidado. El arrayán y las adelfas lo habitan y también los rosales, con las rosas ya secas porque abril se ha quedado muy atrás.
Ha llegado el calor y a esta hora temprana se siente ya el agobio de la temperatura. Una muchacha camina deprisa, es muy joven y anda ligera, en una mano sostiene un brik de zumo de frutas, en la otra el teléfono junto al oído y está hablando. Tiene una voz algo estridente y con acento del sur. Las palabras surgen con un tono por encima, son un sonido que irrumpe violento contra el aire, golpeándolo sin razón aparente.
– En el metro tengo que hacer un transbordo que es lo peor porque pierdo casi un cuarto de hora. Luego tengo que coger dos autobuses.
Hay un silencio y algo le debe contestar el interlocutor y luego ella continua con su relato.
– En esta ciudad es así, es lo normal gastar hora y media o más para ir a trabajar.
Lleva el pelo corto como un chico y eso resalta los rasgos de su cara y deja al descubierto un cuello raramente perfecto con un tatuaje policromado que desde él desciende por sus hombros y su espalda hasta desparecer bajo una pequeña camiseta de tirantes. La muchacha es hermosa, tiene un cuerpo grácil, bien formado y un rostro atractivo con ojos grandes y almendrados. Pero ella no sabe de su belleza, la ignora porque quizás no haya querido considerarla, como si la hubiera puesto fuera de su vida. Eso no impide que se sienta deseada, no le faltan amigos y amantes y en esto puede elegir entre una abundancia de pretendientes.
Se ha parado en la calle junto a un rosal aislado, que todavía conserva algunas rosas vivas, son amarillas. Con un gesto que tiene algo de automatismo guarda el teléfono en sus vaqueros, en el bolsillo de atrás y se bebe un trago del cartón de zumo de frutas.
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¿ Y de que me sirve ser hermosa ?. No me valdría para nada. No quiero eso, no lo quiero, no lo necesito.
Lo ha dicho de repente y con ese tono violento con el que hablaba por teléfono pero ahora también hay angustia en sus palabras y en su mirada, que ahora se dirige a las rosas amarillas.
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No lo quiero porque me haría desgraciada, lo se. Y no me importa no ser feliz, pero no quiero sufrir.
Se ha puesto a correr, huye. Sí aunque su huida termina pronto, unos metros mas adelante justo en la parada y cuando llega el autobús. Entra en el vehículo y se va. Se me han quedado ahogadas en la garganta las tres silabas de un “espera” y en las piernas los músculos aguardan inútilmente una carrera hacia el autobús rojo que se aleja.
Me doy cuenta que ha regresado esa atmósfera gris, la silicosis que había desaparecido durante este instante tan extraño. Miro a mí alrededor con la esperanza de encontrarme a alguien que también haya visto a la muchacha y escuchado sus palabras, pero ese testigo no existe, no hay nadie y estoy en medio de esta calle solo. También yo me quedo mirando a las rosas y entiendo porque ella no quería sufrir.