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El ciervo blanco.

30 octubre 2013

En el norte lejano están los bosques de abedules. No hay árbol más hermoso, con sus hojas pequeñas como puntas de saeta y su corteza como la nieve. Los abedules son altos y crecen rectos,  sus ramas miran al cielo, azul en los días verano y de plata incandescente en las noches boreales. En uno de aquellos bosques habitaba un hada que cuidaba de los abedules y los guardaba de los hombres destructores.

En las noches de luna llena el hada se sumergía en las aguas profundas del un lago que había en medio de los bosques y en su fondo de algas siempre verdes y piedras de colores dormía hasta que la luna se ocultaba tras el horizonte. Entonces el hada interrumpía su vigilancia de los árboles y las criaturas que allí viven. Una noche un leñador cuya pasos iluminaba la luz del plenilunio llegó al bosque y pensó que nadie se percataría si talaba solamente un abedul, un árbol joven ni demasiado alto ni demasiado grueso, que el pudiera arrastrar. Con su madera haría un par de esquís para el invierno y unas almadreñas para la primavera.

Cuando el hada despertó de su sueño supo que algo malo había sucedido y recorrió el bosque hasta que descubrió el tocón del joven abedul. No demasiado lejos encontró también al leñador que arrastraba con esfuerzo el tronco. Quizás el hombre debería de haber sentido temor del hada y huir pero al contemplar su belleza su corazón se quedó prendido. El hada estaba muy triste y su dolor era muy grande, tanto como sus poderes y su hermosura y por eso al instante transformó al leñador en un ciervo majestuoso y blanco.

Y allí en el bosque de abedules se quedó para siempre el ciervo blanco, con su corazón de hombre enamorado. En las noches de luna llena el ciervo blanco cuida de los abedules y también del hada, que duerme en su sueño, bajo las aguas del lago.

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