La vaca sagrada.
La barra del bar era de mármol rojo, con vetas mas claras ligeramente rosaceas. En una repisa de la pared estaban alineadas las botellas de whisky, las distintas marcas de bourbon y de ginebra, que componían una atractiva armonía entre la transparencia del vidrio y los colores distintos de cada licor. Al llegar encontré a DiMaggio con una cerveza que llevaba a medias.
– Gracias Nick, de veras gracias por venir.
– Tu dirás, ¿ qué sucede, estás bien ?
– No, no estoy bien, estoy peor que nunca. Peor que cuando se separó de mi.
Se quedó callado con la mirada perdida allí donde estaba el vaso de cerveza. El bar en aquella hora temprana de la tarde estaba casi vacío y había un silencio que amenazaba con transformarse en eco si se pronunciaba una palabra más.
– Esto me está destrozando por dentro, las noticias sobre el suicido que salen en los periódicos, en la televisión, en todas partes.
– Es todo basura, tu lo sabes bien, recuerda cuando eras jugador.
– Nick, Norma no se suicidó. Ni la asesinó la mafia, ni el FBI.
Ha sido el escritor, la ha matado Arthur Miller. Lo ha estado haciendo a conciencia durante todos estos años. Como hacia con sus personajes en el teatro o en el cine , descomponiendo la vida de la gente, troceando su interior en pedazos. Eso mismo ha hecho con ella, hurgando en su alma de pajarillo. Una vez le enseñó un vestido blanco, como los que a ella tanto le gustaban, para ir con él a una recepción a recoger un premio por alguna de sus obras de teatro, quería su aprobación. Le preocupaba mucho que la pudieran criticar cuando le acompañaba por su forma de vestir o comportarse. Quería que él se sintiera feliz y orgulloso junto a ella. Le dijo que le parecía bien pero que se pusiera lo que quisiera, que le daba igual. Al día siguiente Norma vió que su vestido estaba extendido en el jardín, hecho retales y cada fragmento de tela con un número. Le dijo que eso era aquel vestido que tanto le interesaba, unos trozos de tela. Que los había numerado para que si era capaz los cosiera de nuevo y recompusiera el vestido. Pero que lo dudaba, no podría de hacer eso, como no era capaz de reconstruir su vida, por más que él se sacrificaba en ayudarla.
– Quedaba con ella, alguna que otra vez y me contaba estas cosas. En otras ocasiones simplemente me llamaba por teléfono llorando.
– Ahora todo eso no importa, tienes que olvidar y ella ya descansa en paz
– No puedo Nick, porque además ella le amaba. Amaba a ese tipo,al eminente y distinguido intelectual que la ha torturado porque el apetecía tener a la actriz mas famosa del mundo a su disposición para representar a diario el drama de su propia vida.
DiMaggio era mi amigo, le escuché durante aquella tarde en aquel bar de Manhattan. Me contó otros episodios de la vida de Marilyn junto a Arthur Miller, todos ellos terribles. Y me pidió que lo escribiera, que era importante, no pretendía publicarlo, simplemente que lo escribiera, con eso bastaría. Me quedé por la noche redactando el relato y cuando terminé había una veintena de folios. Ningún editor y ningún periódico se atrevería a sacar algo así contra una vaca sagrada como Arthur Miller. Sin embargo para DiMaggio una vez puesto sobre el papel quedaría constancia de la verdad, ordenado todo en palabras, frases y párrafos. En algún lugar del cielo Marilyn sabría que también había interpretado maravillosamente bien aquel guión del maldito Arthur Miller y que era sólo eso, un guión más que le habían dado. Así lo hice, luego rompí aquellos folios y me marché a la redacción del periódico. Llegué tarde al trabajo y estuve todo el día de mal humor.

Evocador. Noto el olor del tabaco y escucho algo de blues, o quizás algún crooner. Enhorabuena.