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El viajero.

11 diciembre 2013

Un hombre llegó al monasterio un día de primavera. Era de porte distinguido y todavía joven. Quería saber si en la biblioteca se guardaban mapas o algún libro de las tierras del norte que se extienden más allá del gran rio. El abad le explicó que el no conocía ninguna obra que versara sobre aquellas tierras tan lejanas, ni había contemplado nunca un mapa en el que apareciera aquel territorio. Durante algunos días el hombre permaneció en el monasterio consultando la biblioteca hasta que comprendió que allí no encontraría lo que estaba buscando.

  • Nadie se ha aventurado nunca en aquellas tierras del norte, nunca un viajero las ha recorrido ni se sabe que vivan gentes en aquellos parajes, por eso no existen ni libros ni mapas. Explicó el buen monje.

  • Entonces llegaré hasta aquellas tierras del norte y trazaré un mapa y pondré por escrito todo aquello que me admire.

El abad le ofreció como regalo al hombre una capa de lana, cálida y resistente para su viaje y le solicitó que como era costumbre que dejara su nombre en el libro de los visitantes y los huéspedes. Así lo hizo, su nombre era Francisco y junto a él puso unos apellidos orgullosos y nobles. Escribía con una caligrafía armoniosa, ondulada y las letras se inclinaban ligeramente hacia el lado del corazón.

Pasaron los años y en otra mañana de primavera regresó el hombre al monasterio. Le entregó al abad un manuscrito con mapas del lejano norte y donde se contaban cosas extraordinarias sobre sus montañas, sus bosques y sus valles amplios y las costas abruptas que lo ceñían.

    • Guardad este libro en la biblioteca, debo de partir de nuevo hacia el norte, allí hay ríos y cascadas sin nombre, lagos de hielo azul y pantanos que se extienden sin límite.

El abad depositó cuidadosamente el manuscrito del viajero y le despidió con una bendición. Y desde aquel reencuentro entre el viajero y el monje transcurrió mucho tiempo, tanto años que el abad había olvidado aquel día de verano quien era el viajero que llegaba al monasterio.

  • Tomad este libro abad, en el narro mi viaje por los rios y lagos del norte lejano. Quizás sea del interés de alguien, para un sabio o un aventurero, no lo se. Debo partir otra vez hacia aquel territorio, deseo saber más sobre los animales que allí habitan, pues hay lobos y grandes osos y águilas blancas como la nieve, ciervos solemnes y caballos de crines doradas.

Entonces el abad recordó quien era aquel hombre y le abrazó con afecto y le entregó un haz de pliegos de buen papel para que escribiera sobre aquellos animales y luego se despidió de él.

El tiempo transcurre como la corriente del agua en un arroyo, rápida y tumultuosa algunos días, lento y remansado en otros. Pero cuando el hombre mira hacia atrás hay una niebla y tras ella todos los días pasados fueron ayer. El viejo abad había abandonado este mundo y le sucedió otro monje para dirigir el monasterio.

Una tarde de otoño, soleada y del mismo color que la piel del membrillo llegó al monasterio un hombre anciano que llevaba consigo un manuscrito sobre la tierras del norte lejano y los animales y las aves que las poblaban. Era sin duda alguien distinguido y noble y quería donar aquellos escritos a la biblioteca pues era su deseo partir pronto hacia el gran norte, pero el joven abad consternado ante la idea le rogó que se acogiera a la hospitalidad del monasterio pues el invierno estaba próximo y luego quizás en primavera podría partir para continuar su viaje y así le dijo:

    • En la biblioteca hay algunos libros antiguos que nadie sabe quien los escribió y que tratan de ese país del norte que habéis recorrido, creo que os complacerá su lectura mientras permanecéis en el monasterio.

El hombre accedió y se quedó en el monasterio; anotó su nombre en el libro de los huéspedes y en esos renglones escribió: lago, águila, abedul, edelweis. El abad observó que escribía con unas letras hermosas y onduladas que se inclinaban ligeramente hacia el lado del corazón.

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