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Antes del tercer dia.

8 enero 2014

 

Todo lo que recuerdo de mi vida son los últimos tres días; jueves, miércoles, martes. El lunes es un antes tras el que no hay nada. Conozco mi nombre y he podido leer en el documento de identidad mi edad precisa y hasta como se llamaban mis padres. Tengo unos conocimientos técnicos sobre ordenadores, con ellos me manejo durante ocho horas diarias en las oficinas de una empresa informática. Se cocinar y los platos que me he preparado me resultan lo suficientemente satisfactorios como para preferirlos al menú del bar que hay debajo de mi casa. Desconozco si la vivienda es mía o está arrendada; posee un salón amplio casi sin muebles pero con varias macetas de plantas bien cuidadas, es luminoso y agradable. El apartamento también tiene un dormitorio, una cocina unida a un pequeño comedor y un cuarto de baño. He descubierto algunas fotos, son de hace varios años, en una estoy en el campo junto a un hermoso perro, gris y blanco con unos ojos azules y gesto desafiante. En otra aparezco en una cumbre nevada en medio de un pequeño grupo de hombres y mujeres todos muy abrigados con ropa de montaña. Hay otra foto abrazado a una mujer, es delgada, tiene una melena larga y ondulada, es muy atractiva, los dos sonreímos, aunque yo parezco más feliz que ella.

 

Poseo doscientos sesenta y dos libros, algunos son científicos y técnicos, de matemáticas, física y ordenadores. Otros, más números tratan de historia y de biografías, pero la mayoría son obras de literatura, novelas, cuentos, narraciones y también poesía. He calculado el tiempo que he podido dedicar a su lectura y han sido muchos años, tantos que debería remontarme a mi juventud por lo menos, sino antes. Me basta con abrir cualquiera de ellos para que su contenido, la historia que cuenta se convierta en un eco familiar dentro de mi cabeza pero no puedo reconstruir ningún recuerdo o detalle del momento de mi vida durante el cual leía esa obra. Esos libros me provocan un desasosiego lacerante y no deseo abrir ninguno de nuevo, he tomado la decisión de empaquetarlos en cajas y deshacerme de ellos. También poseo un ordenador, pero no quiero encenderlo, no me atrevo a conocer que es lo que contiene.

 

Si los libros y el ordenador me desasosiegan he descubierto también algo que me consuela. Sobre la mesa de centro del salón hay una cuartilla y en ella está escrita con mi propia letra y con entrecomillado “Todos venimos de muy lejos”

 

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