Los cuatro legados del Emperador.
Un niño subió corriendo por la colina, abrazado a su cometa. Dejó atrás los campos de arroz y el prado de los grandes y negros búfalos. Cuando alcanzó la meseta, buscó el montículo de piedras, que ahora con la primavera semejaba un islote plateado rodeado por la hierba nueva y alta. Miró hacia el cielo, sentía en su rostro el viento húmedo y algo frio. Había nubes que venían como enormes naves, desde el mar lejano donde nace el sol. Desenredó el cabo de su cometa y la dejó volar, se elevaba pero al principio oscilaba, parecía que tuviera dudas y probara su estructura de papel y bambú, luego por fín ascendía segura hacia lo alto, arriba, muy arriba. La cometa danzaba alegre bajo el cielo y el muchacho era feliz.
En aquella colina había cuatro legados del Emperador, también ellos miraban al cielo. Iban ricamente vestidos, con túnicas de sedas coloreadas. Y cada uno iba montado sobre un bello caballo. Cuatro corceles, uno blanco como la flor del cerezo y otro negro como la noche, uno gris como el invierno y otro rojo como las hojas del arce.
Los legados durante años habían levantado mapas de los reinos del Emperador, habían trazado en ellos los rios y las montañas y también habían situado las ciudades, los palacios y los castillos. Cuando alcanzaron la costa del mar inmenso, preguntaron a los marinos y dibujaron cartas de navegación donde aparecían los promontorios y las islas hasta el lejano Japón. Llegaron a los confines del desierto, allí donde la mirada y la razón se extravían entre la dunas infinitas y con la ayuda de los tártaros hicieron un mapa en el que estaban los oasis y las rutas invisibles que siguen las caravanas. Siete años tardaron en recorrer el país del Emperador y en terminar aquellos mapas y cuando el señor del mundo les recibió en la capital, alabó su esfuerzo y su trabajo, les colmó de riquezas pero les encargó un nuevo cometido, también deseaba poseer un mapa del cielo.
Esa mañana estaban los cuatro legados en aquella colina que era el centro del reino para dibujar el mapa del cielo. Hasta entonces nadie había hecho algo así y no sabían realmente como comenzar. En el cielo estaban el sol, las nubes cambiantes y el manto azul del aire. Pensaron que si esperaban el atardecer al menos podrían dibujar las posiciones de las estrellas y los planetas, pero no era eso lo que les había pedido el Emperador. No sabían como comenzar y aquel muchacho que jugaba con su cometa provocó la ira de los cuatro legados. Le increparon y le arrancaron la cometa y la estrellaron contra el suelo. El niño lloraba desconsolado, siendo el hijo de unos campesinos no tenia mayor gozo que el vuelo de aquella cometa.
El Dios del Cielo contempló desde las nubes lo que había sucedido y descendió hasta aquella colina, tomó la forma de un monje taoísta y preguntó a los legados porque habían maltratado así a aquel niño.
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Monje somos los legados del Emperador y estamos hoy aquí para levantar un mapa del cielo, siempre cambiante. Y este muchacho necio nos importunaba.
Entonces el Dios del Cielo adquirió de nuevo su figura y los legados aterrorizados ahora por su divinidad el escucharon decir:
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Vosotros si sois necios que pretendéis dibujar un mapa del Cielo que es mi reino. Y sois malvados. Este dia de hoy, desde el principio de los tiempos, sobre esta colina y bajo el cielo surcado de nubes estaba hecho para que este niño jugara con su cometa y fuera feliz. ¿ Qué mal os había hecho este niño ?. Más os vale que os ocultéis en el bosque, rezad y pedid perdón hasta que se limpien vuestras almas.
Los legados espolearon a sus caballos y huyeron llenos de pavor por aquella aparición del dios. Pero sólo el legado del caballo cuyo color era el de la hojas del arce se internó en los bosques para rezar. Los otros tres legados pensaron que ya habían escapado de la cólera de la divinidad; lo único que ahora les inquietaba era como trazar un mapa del cielo y cual sería la recompensa del Emperador.
En su viaje de regreso, que duró semanas, los tres legados atravesaron ciudades despobladas y tierras de cultivos abandonadas por los campesinos. Cuando se aproximaban a la capital observaron que sobre los campos se elevaban columnas de humo negro, ardían las cosechas y por doquier el fuego destruía las aldeas. El Emperador había sido depuesto y uno de sus generales le había dado muerte y era ahora el nuevo Emperador, la guerra asolaba el imperio.
No sin dificultades llegaron a la capital pues su intención era ofrecer su lealtad y sus servicios al usurpador. Pero cuando alcanzaron la puertas del palacio se asustaron y quisieron retroceder porque estaban guardadas por un dragón rojo como la lava de un volcán, era en realidad el Dios del Fuego que se dirigió a ellos con estas palabras:
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Vosotros que no habéis seguido el consejo del Dios del Cielo de retiraros a rezar a los bosques, os presentáis ante mi, ¿ con qué propósito?. Hablad para que no os abrase el fuego de los hombres en esta guerra que yo he desatado.
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Majestad divina somos hacedores de mapas, pero el Dios del Cielo no ha querido que trazaremos un mapa de su reino como ya habíamos hecho antes en los dominios del antiguo señor de este Imperio.
El Dios del Fuego contempló con sus ojos terribles de dragón a los tres legados y mandó que bajaran de sus corceles y les dijo, “venid conmigo pues yo si deseo que tracéis un mapa de mi reino”, entonces se abrió una gran sima en la tierra y el Dios del Fuego con sus garras de llamas atrapó a los tres legados y desapareció con ellos bajo la tierra. Y nunca más se supo de aquellos tres hombres.
Cuentan que aquel legado que obedeció al dios del Cielo, se refugió en los bosques de una montaña lejana. Rezaba y vivía con sencillez, seguía el camino del Tao, se transformó en un monje sabio y fué maestro en el arte de construir cometas.