En la palma de sus manos.
Sólo he desayunado te con una rebanada de pan. Tres tazas para tener al menos el estómago lleno, tampoco me quedaba azúcar. He cogido unos billetes de la hucha y esta tarde intentaré comprar en el mercado negro, azúcar, harina y también algo de carne si fuera posible. Me he puesto el vestido estampado de manga corta porque ayer hizo bastante calor y me he sorprendido ante el espejo, tanto que me he sentido desconcertada. Todo este sufrimiento del último año me hacía sentir como si sobre mi hubiera pasado una década entera y me estuviera marchitando y sin embargo no ha sucedido eso, sigo siendo una mujer joven . Me parece casi increíble.
Observo desde hace tiempo que nadie quiere mirar al cielo. Ahora, mientras desciendo por las escaleras del metro, la miradas de la gente que me rodea guarda una luz de alivio. Una esperanza que parpadea temerosa en nuestros ojos porque sabemos que cuando finalice el trayecto y salgamos de nuevo en la calle el cielo estará allí sobre todos nosotros, aguardando. Antes cuando los bombardeos eran sólo por la noche nuestro terror llegaba con el atardecer y la luz del sol nos devolvía la serenidad por una horas. Desde que los raids son también diurnos no cuenta si es de día o de noche, lo único que importa es no estar bajo el cielo, en cualquier momento desde allá arriba pueden llegar los aviones. Nos da miedo el cielo.
No quedan hombre jóvenes, están todos en le frente. Por eso lo hombres más mayores, lo que ya no cumplirán los cuarenta y no han sido movilizados, miran a las mujeres no importa la edad que tengas con una seguridad desvergonzado e incluso se permiten gestos y ofertas, con la confianza de que no tendrán que enfrentarse a un novio o un marido. Ahora en el anden esperando a que llegue el tren he localizado a un tipo a quien encuentro a menudo cuando tomo esta linea para ir al trabajo. Tiene unos cincuenta años y debe ser un obrero por el aspecto, aunque suele ir bien vestido y con camisas blancas, limpias y bien planchadas. Apenas tiene canas y unos ojos hermosos, de joven debió ser atractivo. Se que me observa, lo he notado. Puedo sentir en este momento su mirada en mi y es un alivio que por fin llegue el convoy del metro, le dejaré a él pasar primero y aprovecharé entonces para entrar en otro vagón distinto.
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Espere Ana, no suba al tren.
Se ha dirigido a mi, por mi nombre. Estoy inmóvil, el anden se ha vaciado de la gente, que se ha metido en lo vagones y el metro se ha ido. Sólo quedamos él y yo.
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No se asuste, por favor.
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¿Cómo sabe mi nombre ?
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No tiene nada que temer, pero debe venir conmigo.
Me ha cogido cogido la mano con la suya que es cálida y me transmite por su piel más que confianza una extraña determinación que me obliga a seguirlo. Y eso es lo que hago. Andamos deprisa cogidos de las manos. Salimos a la calle, al cielo descubierto que tanto me asusta. Vamos por calles que me resultan desconocidas, probablemente nos estemos alejando de mi barrio.
Caminamos desde hace minutos, tantos que me siento cansada de repente y como si tuviera fiebre. No hemos conversado en todo el trayecto y tampoco ha soltado mi mano, no se puede decir que me arrastre pero se que no voy con él libremente. Le miro de vez en cuando de reojo, es bastante alto y creo que más joven de lo que me había parecido antes. Es un hombre apuesto. Nos hemos parado por fin, estamos en una zona de la ciudad que me resulta desconocida. Está completamente destruida por los bombardeos. No queda ni un solo edificio en pie, solo esqueletos de vigas y paredes, montañas de escombros y grandes embudos de las bombas. Es un lugar horrible. Me habla y no le entiendo, no puedo escuchar bien la primeras palabras que me ha dicho, pero ahora si empiezo entenderlo.
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Ana no debe temer nada de mi, deseo ayudarla, deseo salvarla.
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¿ Quien es usted ?
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No soy uno de los siervos de la Muerte, tampoco soy un demonio de los que caminan libres en estos días por el mundo.
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No le entiendo y me asusta; quiero que me diga quien es y que pretende.
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Ya te lo he dicho, pretendo salvarte.
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Me asustas, lo único que has conseguido llevándome hasta aquí es asustarme y puede que me castiguen por no llegar hoy a tiempo a la fábrica.
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Nada de eso tiene importancia Ana, la ciudad va ser destruida.
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¿Qué quieres decir ?
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Sí Ana, van a llegar los aviones, llegarán por miles y durante horas y horas lanzaran oleadas de bombas y de fósforo, el fuego acabará con todo, será un infierno.
Los dos nos hemos quedado callados. Estoy temblando a pesar del sol del verano. Ahora me fijo que a su alrededor hay varias gaviotas, son enormes nunca había visto una aves tan grandes. Tienen la cabeza y el pico blancos y también el pecho pero el resto del plumaje es de un rojo vivo, intenso. Abran sus alas en toda su envergadura y las agitan repetidamente, entonces veo que estaban impregnadas de sangre, esa sangre me salpica una y otra vez al sacudir sus alas, hasta que estoy completamente empapada en ella y mientras las gaviotas que son ahora totalmente blancas echan a volar y se van. El sigue allí y de nuevo me coge de las dos manos con la suyas.
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Ana debe comprender, no habrá apenas supervivientes; quiero que se salve.
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Pero si es así, que quiere que haga… que puedo hacer.
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Debe transformarse en un ave, en un pájaro. Volar por encima de las nubes, por encima de los aviones.
Mis ojos miran hacia arriba, al cielo, las gaviota se elevan, ascienden rápidamente batiendo las alas con un ritmo que me recuerdan a un ballet. Me he convertido en un pajarillo, un gorrión y estoy sobre las palmas de la manos del hombre, los dos nos miramos. Tiene un rostro bello y sereno; me sonríe. También yo me he lanzado a volar, me elevo e intento seguir a las gaviotas que son ahora un racimo de puntos blancos que suben hacia las nubes. Escucho el sonido de un trueno incesante de los miles de aviones que han convertido el horizonte en el destello metálico de un gigantesco cuchillo. Me elevo más y más, concentro toda mi fuerza en volar en ascender hasta las nubes y mientras no dejo de pensar en ese hombre extraño, me hubiera gustado tanto conocerle.