El pasado, en aquella calle.
El aire en la ciudad había cambiado, olía a primavera. Me di cuenta al bajarme del coche, sentía que me envolvía algo distinto. Estaba allí de pie, con la carpeta de clientes y la agenda de las visitas programadas. Había aparcado junto a un parque y los árboles desmentían mis sensaciones, estaban despojados, oscuros con las ramas leñosas, ni si quiera tenían yemas o brotes minúsculos. La hierba tenía el tono del verde opaco del invierno. Y hacia frio, mucho frio. Era seis de febrero y no era primavera.
Pero la impresión era tenaz, a mi alrededor sentía que el espacio estaba colmado por las moléculas de una extraña sustancia, que había logrado que el mundo fuera nuevo y limpio. Aquellas partículas invisibles giraban a entorno a mi, eran un torbellino y se precipitaban sobre la piel de mi rostro, entraban como una corriente por mis pulmones y me susurraban “es primavera, es primavera y tu lo sientes”.
Me dije a mi mismo que esto era algún efluvio hormonal o los efectos de que había tomado dos tazas de café con leche en el desayuno. Quizás que aquella noche había dormido de un tirón casi ocho horas seguidas, excepcional desde hacía mucho tiempo. Si tenía que ser algo que tuviera que ver conmigo, con las células, el número de las plaquetas de la sangre, tal vez la serotonina. Y podría ser que aquello fuera un sueño, que yo no estuviera realmente en aquel lugar.
Pero no, todo era verdad y allí estaba la primavera, era justo en esa calle. Miré a que lugar me había conducido el navegador del automóvil. Abrí la carpeta y busque la hoja de la primera visita de la lista de clientes y ponía calle de Pinares Altos. Era su calle. Comencé a andar deprisa, mientras descontaba los números de los portales, el veinticuatro, el veintidós, el veinte. Mi mirada que se detenía en una tienda, en una cafetería, en el jardín que rodeaba una casa, en los rosales de una urbanización, lograba recuperar la memoria de las cosas que en un tiempo acompañaban cotidianamente mi vida. Todo el pasado volvía a mí, me envolvía como si aquella mañana se hubiera engullido los tres últimos años de mi vida y nada hubiera sucedido desde entonces.
Alcance el portal, su portal, el número ocho. Me quedé parado mirando las letras y dígitos del cuadro del portero electrónico, con la cámara de seguridad que me apuntaba por encima de la cabeza, como tantas otras veces que había estado allí, esperando a que ella abriera la puerta.
Di la vuelta al edificio, para buscar las ventanas de su casa. Encontré aquellos álamos grandes y blancos; cuando por las mañanas levantaba la persiana de la habitación, al otro lado de los cristales estaban esos árboles, con sus hojas pequeñas y hermosas, como danzarinas verdes agitadas por el aire del nuevo día.
Un gorrión permanecía sobre una de las ramas ahora desnudas, también el pájarillo miraba hacia las ventanas. Desde la calle podía distinguir como se reflejaban en los cristales las ramas y la figura de aquel gorrión, pero no podía en absoluto ver ningún detalle del interior de la casa.
Bajé de nuevo por la misma calle, hacia el parque; andaba deprisa, con la mente aturdida como si hubiera sufrido un accidente y me recuperara después de unos instantes de inconsciencia. La primavera que estaba allí unos minutos antes había desparecido y me rodeaba de nuevo el invierno. Me senté en un banco en el parque. Entonces pude recordar un sueño que había tenido esa noche. En un páramo, en una llanura de hierba rala y amarillenta había abandonado un tren, sobre una vía muerta. No hacia mucho tiempo debió ser un tren moderno y veloz, de un impresionante color plateado, pero había comenzado a oxidarse y mostraba los primeros signos de convertirse una inmensa masa chatarra tumbada en medio del campo. Me dirigí hacia la locomotora, tenía el aspecto de la cabeza de una gran serpiente o de un dragón. En su piel de metal, junto a la cabina acristalada alguien había hecho un graffiti con grandes letras rojas y había escrito “la guadaña del tiempo”. También había dejado apoyada en la puerta de acceso a la locomotora una guadaña vieja y oxidada.
Transcurría la mañana y yo permanecía sentado en un banco del parque. Las nubes se desplazaban erráticas y dejaban lagos efímeros de azul claro que unos segundos después desaprecian en aquel cielo cambiante. Nada me resultaba menos deseable que imaginar que de nuevo llegaría otra primavera, hubiera preferido que este invierno no terminara nunca.
