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Un reflejo que se desvanece.

14 marzo 2014

A principio de febrero partí otra vez a la India, era el año mil novecientos cincuenta y cuatro y tenía el presentimiento que sería mi último viaje. Abandoné Londrés con una sensación de alivio, estaba agotado, consumido por mi quehacer cotidiano. Cuando la empresa me comunicó que debía ir a Bombay para ultimar un contrato importante sentí que el destino abría de par en par una ventana por la que al menos podría respirar. Me hospedé como otras veces en el “Silver Cross”, era un buen hotel que se había librado hasta entonces de la invasión de turistas americanos.

En la India durante la guerra había vivido los días únicos, el tiempo de la luz y del amor. Desde entonces se que los años son un envoltorio, el papel coloreado o de celofán que guarda un cristal, una gema mágica que luego desaparece, la perdemos para siempre y sólo nos queda aquel envoltorio que lo contenía. Pero en la India siempre ha retornado a mi un eco de aquella felicidad irrecuperable, era como regresar a un jardín despojado de sus las flores pero en el que permanece todavía en el aire su perfume; y aunque fuera una dicha pasajera y desgastada, me reconfortaba intensamente.

Aquella tarde antes del té acudí a la peluquería del Hotel, conocía por las anteriores ocasiones en que me había hospedado al barbero, un mestizo de padre galés, un tipo amable y con quien era imposible no entablar una conversación entretenida. El local tenía las paredes decoradas con acuarelas con escenas de caza en la campiña inglesa, de caballos y jockeys o dandis flirteando con jóvenes impolutamente rubias. Contrastaba aquella decoración tan british con una foto antigua, coloreada en sepia de un indostaní. Era el retrato de un hombre joven. Tenía la barba y el bigote primorosamente cuidados y seguramente ungidos con jazmín como era la costumbre entre brahmanes y nobles. Llevaba un turbante magnífico del que colgaba una cadena de perlas y rematado por lo que podría ser un engarce de rubíes que sujetaba una gran pluma. Poseía unos ojos que miraban con una desconcertante mezcla de inocencia y agresividad, como los ojos de una pantera y todo su rostro expresaba una felicidad inmensa. Era el retrato de un hombre bello. Quería indagar sobre aquella foto y le pregunté al barbero.

– ¿ Quién es el personaje del retrato ?. Es una foto antigua eso es evidente, ¿quizás de algún Rajá de principios de siglo o de uno de aquellos príncipes de Cachemira o del Turquestán dueños de minas de diamantes ?.

– Nada de eso señor, en realidad nadie sabe ni tan si quiera como se llamaba.

– Todo el mundo, tiene un nombre.

– Verá señor, se trataba de un paria de Bombay.

– Que extraño… y si es así, desde luego su aspecto no era el de un harapiento.

Durante unos segundos el barbero permaneció callado, respeté ese silencio tan extraño en él, luego me relató esta historia…. « Todo sucedió en el año que comenzó la vieja guerra de Europa, en el catorce. Por entonces llegaron a Bombay tres regimientos de fusileros de Jaipur, debían pertrecharse y esperar la llegada del vapor que los trasladaría a Francia. Los tres comandantes que mandaban aquellas unidades eran grandes amigos, se habían conocido de jóvenes en la academia y habían servido durante años en la India, juntos compartieron las campañas militares y las peripecias personales de la vida de un oficial colonial. Decidieron despedirse de la India, a la que tanto amaban, con una broma que se recordara durante años y para ello escogieron a un intocable, un joven paria de una aldea de los suburbios para que se hiciera pasar por Rajá de algún remoto estado del norte. Ellos le pagarían todas las ropas, los gastos que acarrearía su nueva vida, harían de embajadores y le presentarían en los círculos sociales de Bombay. La impostura duraría mientras llegaba el barco que estaban esperando, algunos días o unas pocas semanas a lo sumo, después todo se terminaría y él abandonaría Bombay sin dejar rastro, para regresar al mundo de la miseria al que pertenecía. Aquel hombre aceptó tan extraño ofrecimiento y los oficiales eligieron el hotel “Silver Cross” como su residencia.

Desde el primer momento el paria se comportaba con una seguridad y una desenvoltura que sorprendía a los tres oficiales. No es que actuara como una Rajá, no interpretaba, más bien era que había interiorizado su nueva existencia, como si se hubiera reencarnado en un aristócrata hindú. Su éxito en la buena sociedad de Bombay fue fulgurante y su fama tal, que no había reunión o fiesta a la que no estuviera invitado y se convirtiera en el protagonista. Acudía a la tribuna de los partidos de hockey, era invitado principal en las recepciones organizadas por los consulados y no se celebraba baile o cena en la que no se contara con su presencia. Era joven y de un atractivo al que no se resistían las mujeres ni hindúes ni europeas. Corrieron rumores de sus triunfos como amante y se decía en los mentideros que tenia una relación con una joven inglesa, hija de un importante banquero.

Los atardeceres son inacabables en la India. En esas horas el paria transformado en Rajá acudía al templo Shiva y se sentaba junto al borde de un estanque que allí había. Se decía que rezaba devotamente y también que era el lugar de encuentro con la joven dama inglesa que se había enamorado de él. Otros que le habían visto en el templo contaban que permanecía solo e inmóvil durante horas, con la mirada fija sobre el agua del estanque.

Los días pasaron veloces y arribó en el puerto de Bombay el barco que trasladaría los regimientos a Europa. Cuando los tres oficiales le comunicaron que la farsa había terminado, el Rajá que antes había sido un paria, solicitó un último deseo a sus benefactores, quería hacerse un retrato fotográfico con su mejores ropas para que lo guardaran como recuerdo. Estos accedieron, les apremiaba concluir una broma que había resultado más costosa para su economía de lo que habían previsto. Pero por fin había llegado el momento de su apoteosis, de que todo Bombay supiera que eran los artífices de una burla en la que había caído incondicionalmente lo mas granado de la sociedad colonial, ese era su fruto, lo habían pagado muy caro y lo iban a recoger sin más dilación. Tras la sesión fotográfica entró en la sweet principal del Hotel “Silver Cross” que había sido su hogar durante aquellos días, debía vestirse con un traje discreto para abandonar la ciudad sin ser reconocido. Abajo en el vestíbulo esperaban sus tres benefactores. El tiempo transcurría lentamente para los oficiales que le aguardaban, ya habían pagado la elevada suma del hospedaje y aquella espera resultaba más que fastidiosa. Cuando los militares irrumpieron en la habitación, encontraron colgado de la gran lampara de cristal al hombre que había sido un paria y un Rajá, se había ahorcado con su turbante, el mismo con el que se hizo fotografiar unas horas antes. ´´

Unos par de días después había concluido mis gestiones y tras la última de la reuniones había cerrado un contrato en condiciones inmejorables para la empresa y estaba, debo admitirlo, muy sorprendido por un resultado así. Aquella tarde por fin libre de cualquier ocupación, me fui a visitar el templo de Shiva. En mi interior permanecía la impresión de la historia de aquella foto y de aquel hombre. Como él hacía, me senté junto al estanque. Estaba solo y me rodeaba un silencio que parecía estar allí llenando aquel espacio desde hacía mucho tiempo; había un luz rosácea pero el agua había adquirido un color más intenso, casi rojo. Unas ondas que inexplicablemente surgían de vez en cuando deformaban la superficie perfecta del estanque. Entonces observé como mi imagen reflejada en aquel agua extrañamente rojiza, se difuminaba y luego por un breve instante desaparecía. También aquel hombre que fué un paria o una Rajá, pudo ver su rostro reflejado en el estanque, también contempló como se deformaba por el efecto de aquellas olas y como se desvanecía.

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