Eternidad.
Hay días que no pertenecen a ninguna estación, están fuera del calendario. En esos días el tiempo parece que transcurre unos pasos por detrás de la vida. Había comenzado a llover y en la calle la gente aceleraba el paso, un grupo de muchachas con libros y carpetas se lanzó hacia las escaleras del metro, fue entonces cuando le vio salir. Ella estaba allí esperándole, con la melena completamente mojada, los mechones negros y brillantes pegados a la frente, a las sienes y sobre el rostro. Le abrazo y le beso en la boca, algo que a él le resultó un exceso de efusión mas bien molesto.
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Estás empapada, como es que no has cogido un paraguas.
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Quería estar de nuevo contigo.
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No lo entiendo porque a ti no te gusta mojarte; vamos a entrar a un café, el primero que veamos.
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No, quiero que caminemos juntos, bajo la lluvia, por favor.
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Bueno, si es lo que quieres nos calaremos, pero vamos a movernos estando aquí parados es peor.
Estaba rara pensó él y también que le iba dar la tarde, se arrepintió de no haberse inventado una escusa cuando le llamó por teléfono para quedar. Se pusieron a pasear bajo el agua por las calles casi sin gente.
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¿ Estás bien ?
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Sí, ahora que estoy contigo sí.
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Sobre lo que hablamos el domingo, he estado preguntando a un compañero del trabajo que también…
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Cuando era niña me encantaba hacer castillos de arena los veranos en la playa.
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¿Qué?
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Me gustaba construirlos con torres y almenas , que tuvieran un jardín hecho con ramitas y flores. Y caminos en la arena, a su alrededor, para que se pudiera llegar a él.
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Pues yo lo que hacia era bucear y era lo único que me gustaba de las vacaciones a la playa.
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Al día siguiente cuando regresaba no quedaba nada, ya no existía el castillo. Se lo había llevado el mar o lo había derrumbado el viento y el sol. Entonces empezaba hacer otro nuevo y cuando nos marchábamos me quedaba fijamente mirándole, examinando sus muros, su forma, los detalles del jardín, los senderos, que había trazado a su alrededor y me despedía de él para siempre. En ese instante, en que de pie y quieta le decía adiós a mi castillo, sentía que estaba la eternidad.
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La eternidad no existe, es una falacia. En matemáticas existe el infinito, pero es sólo un truco, si hubieras estudiado ciencias, cálculo infinitesimal, podrías entenderlo.
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Allí en ese momento estaba la eternidad y yo me quedaba parada justo al borde y luego me iba. Y al otro lado se quedaba el castillo, que jamás volvería a ver.
El pensó que había hecho bien a pesar de todo en quedar con ella, porque ahora si estaba convencido de que la iba a dejar. Ella no pensó nada, porque le amaba. La lluvia no cesaba y el tiempo lentamente se había puesto otra vez en movimiento, para que no se lo tragara la eternidad.