Genesaret.
He llegado por fin, estoy en la orilla de Genesaret. Es de noche todavía y tengo que aguardar a que amanezca. Estamos agotados, junto a mi están Andreas y Kefas y también Efrain con su hijo Bernabé. Se han acostumbrado mis ojos a la oscuridad y puedo distinguir sus rostros afilados por el hambre que ha sido nuestra fiel acompañante, al menos no nos ha faltado el agua, pues Andreas es de Galilea y conoce donde están las fuentes y los pozos de agua limpia. Hemos caminado por las noches, en silencio y durante el día buscábamos algún lugar a resguardo donde ocultos poder descansar, nos hemos cobijado en cabañas de pastores abandonadas, en cuevas y en zarzales en los que las cabras se niegan a entrar.
Alabo a Dios, porque me ha traído hasta este lugar y porque este viaje me ha convertido, me ha cambiado. Cuando salí de la ciudad el miedo habitaba mi corazón, temía a las patrullas de soldados romanos con sus espadas hambrientas de carne y también a los guardias del templo, ellos me entregarían a la infamia del juicio ante la multitud, a la tortura y luego a la muerte a golpes y pedradas. Me aterrorizaba la cruz, tanto que cada día imaginaba que sería el último, una colina, algún camino perdido, una aldea, allí estaría el lugar donde me elevarían clavado en unos maderos, podía sentir como en mi pecho ya no entraba el aire, que todo lo que quedaba dentro era dolor y que alrededor no había nada, ni el campo, ni el cielo, ni una calleja miserable, sólo existía una noche sin estrellas, vacía y negra como la pez.
Como una llave secreta para huir de la celda, ocultaba a los otros mi debilidad, pues llegada la jornada en que me fuera tan insoportable, los dejaría en el camino y podría volver al hogar de mi padre, a la paz de mi vida anterior. Desperté al atardecer y al abrir los ojos, me incorporé, me cubrí la cabeza con la túnica y sobre ella eché la manta de lana y grité, “os dejo, os abandono, imploro la misericordia de Dios, perdonadme hermanos porque soy débil y no puedo seguiros”. Pero nadie me escuchaba, por más que mi voz era un alarido y los empujaba para que despertaran, ellos inmóviles, dormían. Estaba encadenado como un perro que no puede romper la soga que lo mantiene atado irremediablemente. Se apoderó de mí la ira, me golpeaba con los puños y me desprendí de la ropa, desnudo gritaba desesperado sobre aquella tierra sin nombre. Entonces caí sobre el suelo, las rodillas se quedaron sin vigor y todo mi cuerpo era como hilo de lana sin trenzar. Y se hizo el silencio, tan grande que se tragó la respiración de mis hermanos, el canto de los pájaros, el viento y todos los otros sonidos. Sobre mi cabeza El puso su mano y mi alma se pacificó, caí en el sueño y soñé con las verdes colinas donde brotan los lirios.
El me ha traído hasta aquí, al mar de Galilea, me ha guardado durante el viaje. Está amaneciendo y ahora puedo contemplar el agua, las olas que alcanzan la orilla y que se deshacen sobre la tierra. No lejos hay una barca de pescadores. Estoy arrodillado y he metido mis brazos en el agua. Veo su blancura y siento sus pasos, cuando camina dentro de mí.