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Elisa

4 junio 2014

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El verano se estaba muriendo aquella tarde de agosto. Desde hace un par de días el aire de la ciudad era una calima ardiente, el rescoldo del calor que estaba harto de tanto calor. Elisa miraba por la ventana el patio de la casa, que era una cuadricula de paredes con las persianas bajadas . Todo estaba mudo, como si un extraño fenómeno hubiera sucedido y el mundo fuera un espacio habitado solo por el silencio, como si la representación de la vida se hubiera acabado y quedara luego el escenario vacío, sin actores, sin público, sin nada.

Sostenía el teléfono todavía con su mano y dentro de su oído flotaban las palabras de su amiga, que se habían quedado allí y no sabia que hacer con ellas, “Elisa es que me acaba de llamar Roberto y me ha dicho que si quedábamos, que quería que hablar conmigo, que le gustaría mucho verme y me lo decía trastabillándose, como siempre le pasaba cuando se ponía nervioso, y le he dicho que si. Me ha llegado como una ola de alegría, no se… deséame suerte. Y lo siento, siento mucho el plantón, pero si quieres quedamos la semana que viene una tarde y vamos al cine o donde te apetezca”.

Hasta se había arreglado, se había apuesto el vestido corto, muy corto, de color azafrán y dedicó un buen rato a su melena, al mirarse al espejo se había visto tan atractiva, que aunque fue por un instante, un rictus de orgullo apareció entre sus labios y su frente. Pero ya no podría escapar, el alivio de estar junto a su amiga se había desvanecido y de improviso aquella puerta se había cerrado de golpe. Estaba atrapada en la soledad, en el eco de su dolor.

Sobre la cuerda de tender la ropa que atravesaba el patio estaba un gorrión, diminuto y frágil, movía su cabecita de vez en cuando como si buscara la salida de aquel lugar. Elisa esperaba que levantara el vuelo, que escapara de allí, que marchará lejos, él que podía volar y alejarse tanto como para encontrar otro lugar, un país acogedor, donde ser feliz… feliz. Cuando el pájaro abrió las alas, su vuelo fue corto, unos metros lo necesario para entrar en una de las grietas del patio y desaparecer por ella. Elisa cerró los ojos.

Un hombre puede saber más de Aquiles y de Héctor que lo que puede averiguar de si mismo; Troya y los hechos de los héroes, hijos de Dioses, le resultaran mejor conocidos que su propia vida. Del pasado y la memoria de lo que hemos sido, nos quedan fragmentos, entre la hojarasca encontramos la pequeña piedra de un camino que una vez transitamos, el pétalo de una rosa que que fué nuestra rosa, un clavo oxidado de alguna maquinaria que sabía como torturarnos. El relato de nuestra vida, unos pocos abalorios unidos por un fino bramante de memoria; creemos recordar, pero nadie es capaz reconstruir los días de su vida. Guardamos recuerdos que a veces no son ni nuestros.

Olía a naranjos en flor. Entre las hojas verdes, la nieve del azahar. También había mirtos y madroños, macizos de laureles y magnolios. Elisa había abierto los ojos y estaba en aquel bosque, no lejos del mar. Ella ignoraba todo aquel tiempo, lo que sucedió entre el final del verano y aquel día de marzo. Vivía sin aquel fragmento del pasado, semanas y meses que estaban en el calendario de otros, de sus amigos, de quienes le rodeaban, pero en los que ella nunca existió.

Llegó tras las navidades, cuando no hay turistas. Los pescadores la contemplaban bajar hasta el puerto cuando al atardecer descendía por el camino del acantilado, se fijaban en ella , en su melena negra con mechas rojizas. Vestía con ropa deportiva y llevaba una pequeña mochila, le gustaba recoger flores o pequeñas plantas de los bosques de las colinas, luego las plantaba en las macetas de su casa. Tenia un amante, un tipo algunos años menor que ella, que era aficionado a las motos. No le gustaba dormir sola. En las noches sin la compañía de aquel hombre, le devoraba la fiebre y una pesadilla sobre un pájaro, un gorrión atrapado en el patio de una casa de vecinos del que nunca podía escapar.

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