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Un rectángulo amarillo.

21 agosto 2014

Le sucedió en el metro, mientras esperaba la llegada del tren en el andén. Un monitor de televisión proporcionaba el parte meteorológico del día doce de diciembre. Era jueves, algo más de las ocho de la mañana y llovía incesantemente, como había estado lloviendo el miércoles y el martes también. Pero no sabía si el lunes había llovido, si salió el sol, si sobre las calles de la ciudad hubo una niebla invernal. No recordaba nada porque su memoria, sus recuerdos alcanzaban los últimos tres días de su vida, el resto estaba vacío, todo el tiempo anterior no existía para él.

Ni se mareó, ni sufrió un ataque de pánico, ni tan si quiera una ligera ansiedad. Trabajaba  en una empresa de ingeniería en la que había un despacho con su nombre gravado en el cristal de la puerta. Tenía un coche y lo había dejado en el aparcamiento de la casa, en la que vivía solo en un barrio del centro de la ciudad. Sabía quien era y en que consistían las cosas que tenia que hacer diariamente pero no recordaba nada de su vida anterior antes de estos tres últimos días.

El psiquiatra del seguro le diagnosticó un episodio amnesia inespecífica, le pautó una medicación que actuaba sobre la región del cortex cerebral de la memoria y también ansiolíticos y cada quince días debía acudir a su consulta. Un año después su memoria seguía cerrada más allá de aquel día de diciembre. No existían recuerdos anteriores, ni alguna imagen del pasado, para él su vida anterior no había existido. Se impuso durante un tiempo la tarea de someter a un examen minucioso cada objeto de la casa, los muebles, los libros, la ropa y las fotos que estaban en el salón, sin embargo todo aquello le resultaba ajeno. Cuando paseando por la ciudad, un lugar, una calle o el escaparate de un comercio le llamaban la atención se detenía allí esperando un dejavú, pero nada surgía, excepto a veces la certeza de que había estado allí antes, parado otra vez, aguardando inútilmente el escalofrío de un recuerdo.

Un día, no importa que día, por la tarde estaba en el salón, sentado frente a la la televisión. En uno de los canales emitían “Espartaco” de Stanley Kubrick. Era la primera vez que veía esa película, como le ocurría con cualquier otra por famosa o antigua que fuera. En una escena Espartaco está en el foso de los gladiadores y mira a través de un estrecho ventanuco la arena del circo donde dos hombres casi desnudos pelean en una lucha a muerte. La pantalla comienza oscurecerse, hasta hacerse negra salvo en medio, que hay un pequeño rectángulo iluminado por el amarillo de la arena, en él queda ahora un único hombre, el gladiador herido que está a punto de morir. Al día siguiente anuló su visita al psiquiatra y dejó de tomar la medicación. Nunca recuperó la memoria.

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