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Los álamos blancos.

6 septiembre 2017

Estoy caminando ente los álamos en este paraje de árboles blancos atravesado por un pequeño rio. Hacía tiempo que no venía y sin ningún motivo he regresado hoy. Nunca he encontrado a nadie paseando por este lugar que no está lejos de la zona urbanizada del pueblo y tardo unos pocos minutos en llegar desde la puerta de mi  casa, sin embargo podría decirse que es un espacio que  habita la soledad. Me acompaña el crujido de la hojarasca y las ramas caídas, piso la hierba, el terreno llano y desigual, a tramos de arena y piedras de rio, de arbustos que se abren paso desde la misma ribera. El agua que esta a pocos metros es invisible si no me aproximo a la orilla pero su sonido se extiende por el aire, como un encantamiento impronunciable, que no se agota, que nunca cesará.  Siempre hay aves y me resulta fácil descubrirlas incluso en los días de invierno, cuando ellas se transforman en seres silenciosos. Mas que por el canto es el movimiento el que las delata, entorno a sus cuerpecitos de plumas reverberara el halo de una suave luminosidad. He visto a la lavandera de finas patas, a los pequeños carboneros, al martín pescador y al ruiseñor.

Miro arriba, hacia el cielo, pasan nubes inmensas y grises. Al bajar la vista desciende sobre mí el recuerdo de una tarde de verano, cuando era un niño. Veraneamos en el chalet que tiene mi familia en las afueras de la ciudad, tiene un jardín con árboles, con una gran morera y un albaricoque que da frutos que nunca llegan maduran pero que son de un bonito color anaranjado y de una textura aterciopelada, es agradable tenerlos en la mano, tocar su piel. Hay también multitud de rosales que en primavera se cuajan de flores cuyo perfume es completamente distinto de una planta a otra, a mi no me gusta que nadie venga a cortar esas rosas, están allí y ese es su lugar.  Llega una tormenta de estío, ha empezado con unas pocas gotas pero al poco tiempo arrecia y nos refugiamos en el interior de la casa que es pequeña, tan solo dos dormitorios con una pieza central, que hace las veces de salón y comedor y que se abre directamente a la cocina. Mi padre extiende una gran manta azul, que había sido de un caballo que tuvo mi abuelo, que murió antes de que yo naciera. Me fascina aquella vieja tela que proviene de un mundo que jamás conoceré. Conmigo sobre la manta está mi hermano, es tan pequeño que no es capaz de sujetarse derecho y se mueve a gatas. Mi padre ha traído un cesto con refrescos, botellines de vidrio de distintos calores, su transparencia pintada me hace pensar que son como un tesoro traído de lejos, de muy lejos. Me da uno de limón que son mis favoritos, uno entero sólo para mí, algo que muy pocas veces sucede. Juego con las chapas de los refrescos, de vez en cuando mi hermano atrapa una con sus manos menudas y mi padre me indica con su mirada que no se la quite.  Fuera el aguacero continúa, rítmico y poderoso   nos ofrece el olor intenso de la tierra empapada por la lluvia en verano. En algún momento de aquella tarde mi padre se levanta y se dirige hacia nuestra madre que trajina en la cocina, la abraza por la espalda, la vuelve hacia sí y la besa. Los veo a los dos juntos, estoy tumbado sobre la manta azul del caballo, tengo un refresco y un montón enorme de chapas y estoy junto a mi hermano. Deseo que nunca termine la tormenta, que la tarde dure para siempre, lo deseo con todas mis fuerzas.

Delante se extienden los álamos. Forman un boscaje más amplio y denso de lo que se percibe desde la lejanía, antes de entrar en el interior de este terreno. Puede haber centenares de árboles, miles si considero las dos orillas. Sigo andando, inconscientemente lo hago cada vez mas deprisa, y continuo siempre rodeado de ellos. Tengo la sensación de que me rozan, también que susurran palabras. Se que no es el viento pero tampoco distingo lo que escucho, pero me doy cuenta de que cada árbol pronuncia una única palabra, distinta y que repite incesantemente. Me dirijo hacia el pequeño rio y logro llegar sin dificultad. Fluye el agua que prosigue con la canción de su encantamiento, me inclino y apoyándome con las manos para no escurrirme y caer, meto mi cabeza dentro de la corriente. Mi rostro y mis cabellos se empapan y entra el agua fría por los oídos y la nariz. Debo regresar.

El camino de vuelta siempre carece de interés, en él cuenta el tiempo pero no hay distancia ni territorio, tampoco se halla nada distinto de lo que se puede encontrar en cualquier otra parte. Atrás quedan los álamos blancos.

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