El Cielo y la fábrica.
“No hay nada más grande que el Cielo. Ni la selva es más grande, ni el mar que nunca he visto. El mar lo contempló Higinio cuando estuvo en Punta del Este para traer la máquina de desgranar el choclo y también lo conoce el páter Abelardo que llegó de España”. Eso se decía para sí misma Justina con sus ojos azules fijos, sin pestañear, clavados en la fábrica de los telares. Era el primer día que entraba a trabajar y recelaba de aquel edificio, de sus muros de ladrillo, de la gran chimenea, del portalón de la entrada, de la sirena que con su alarido artificial llamaba a los obreros a comenzar su jornada. Sólo por necesidad, por la plata, sino ella hubiera continuado en la estancia preparando la comida a los braceros y ayudando aquí y allá, donde hicieran faltas sus manos, para socorrer a la yegua que va parir o para desbrozar el campo tras las lluvias. Pero no podía ser, su yerno se quebró una pierna arreando a los bueyes; en un mal paso, el macho sin mala intención, le astilló el hueso. En esa coyuntura hacía falta dinero en la casa de la hija, para que no quedaran desamparadas las dos nietecillas y el chicuelo que acababa de venir a este mundo. Por ellos, sólo por ellos le había rogado al patrón una recomendación para entrar en la fábrica.
Se preguntaba qué clase de labor sería aquella que se hacía allí dentro que necesitaba de tantos hombres y mujeres, como serían los artefactos que manejaban, de que estaría construido un telar, de madera, de cuero o de hierro. Ya habían entrado todos y ella permanecía parada frente al edificio, sola. Apretó los puños y cerró los ojos para impulsarse hasta aquel lugar al que no quería pasar. Entonces escuchó encima de su cabeza un sonido de muchas voces, musical sin ser música. Y al mirar contempló sobre el tejado, allí donde colgaba el cartel que decía “Textiles del Paraná”, una hilera poblada de decenas de pajarillos, del chipe amarillo, de los cabecitas negras, de cardenalillos de cresta carmesí, de los azules tacuaritas y los sencillos gorriones. Justina se repitió otra vez a sí misma que no había nada más grande que el Cielo. Y entró en la fábrica.