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Cuando nieva en mayo.

4 diciembre 2022

Todos los toreros tienen manías y ritos y él tenía los suyos. Estaba tumbado sobre la cama, boca arriba, vestido del todo salvo la chaqueta que reposaba extendida a su costado, era su compañera silenciosa. Así pasaba las horas antes de partir hacia la plaza, mirando el techo de la habitación, los ojos bien abiertos. Comenzaba por rezar, hasta que se cansaba de hilvanar oración tras oración, para luego  proyectar la película de su vida, escenas sueltas, algunas de su infancia, otras de las faenas en el ruedo o de la guerra y también de antes, cuando era aprendiz de artes gráficas. Pero siempre le venía el recuerdo de aquel amanecer gris en Teruel con la nieve derramándose en grandes copos que vertían un  silencio corpóreo  que desapareció en un instante cuando  el raudal de fósforo de las trazadoras comenzó a masacrar hombres como si fueran peleles de feria.

  -Maestro es la hora.

  Habían cogido una pensión en la plaza de Roma y a pie calle le esperaba ya acoplada toda la cuadrilla en el Fiat. Tomó asiento junto al conductor. Era mayo, pero la tarde estaba fea, con el cielo de panza de burra y un frío invernal extraño para aquella época del año. Miraba a través de la ventanilla la calle, el trajín de la gente que caminaba a sus tareas, los niños que jugaban en la acera, una viejecilla con el capacho de la compra y el encargado de la tienda de ultramarinos oteando a las vecinas. Ojalá su vida y el mundo se hubieran emparejado de una forma amable para ser un oficinista o tener una profesión, para tener una familia, para estar en esa calle o en otra y ser uno más.

  Llegaron hasta la puerta de cuadrillas y allí paró el coche, al bajarse notó sobre el traje de luces la espuma de un copo de nieve y luego otro y otro más. Su mirada buscaba en el aire, un destello blanco, fósforo o asta y pensó, es el miedo una vez más, sólo eso. Y sin embargo la nieve seguía cayendo. 

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