Silencio.
Siento mi mano débil, temblorosa y tengo que esforzarme para lograr que la llave entre en la cerradura. Era nuestra casa; ¿lo sigue siendo?. Estoy dentro pero no he escuchado la puerta cerrarse tras de mí. El pasillo está en penumbra, al fondo en el salón hay una claridad azulada que entra por el balcón. Todo permanece igual, en su sitio, no hay movimiento alguno, todo quieto. Tu ya no estás y ahora aquí habita el silencio. Los muebles, los cuadros, los pequeños objetos que fueron recuerdos, los armarios llenos de ropa, que no me atrevo abrir, son esas trocitos de coral y piedras artificiales que alguien ha puesto dentro de un acuario sin peces. Silencio es lo único que aquí dentro cuenta, lo único que existe. La Muerte te ha llevado a ti y ha hecho de mi cuerpo una pequeña región de fronteras inciertas dentro un mundo extenso, mudo y sordo; su nombre Silencio. He entrado en el dormitorio, con la esperanza de percibir un temblor, una vibración con tu olor, algún resto, la onda debilitada en el estanque: y no, el agua es una superficie tensa, perfectamente aplanada. Me voy a la cocina, porque allí quedaría, posiblemente, esperanzadoramente, un rescoldo, una ceniza, una partícula con calor. Pero este lugar no es diferente del espacio, del firmamento donde flotan planetas y estrellas, sin temperatura, sin fiebre, sólo él, el que calla. Voluntad o instinto, o ambos me aconsejan que no pronuncie más ese nombre; sin ti, se ha apoderado de mí. Lo que queda de mi vida me traslada a una mañana de otoño en que tu y yo vimos en el cielo la gran bandada de las grullas grises y blancas, con ellas me marcho porque está ya no es mi casa y tu no vas a regresar a ella.