Misericordia.
Al otro lado de la pared está el camino de los leprosos. El muro de adobe se levanta con la altura de dos hombres corpulentos y se extiende durante más de un estadio entre el pozo de cal y el puente viejo, donde gira el río hacia poniente. Antes hubo otro muro, no tan alto y de fábrica endeble que un día los leprosos se atrevieron a superar, penetraron en la gran huerta donde se saciaron de los dulces higos y dátiles, de las manzanas y de los suculentos duraznos. Tras el asalto el amo mandó talar todos los frutales y plantar otros nuevos y arrancar todas las hortalizas y sembrar con nueva simiente. Más eso sucedió en otros días lejanos.
Ahora al pasar junto al muro lo hacen sin pronunciar palabras ni lamento alguno, sólo golpean sus cuencos de madera contra los adobes, débilmente como lo harían las manos de un niño pero nosotros los braceros nos apartamos, tomamos distancia con la pared y aguardamos a que el sonido al otro lado desaparezca. A mi ese sonido me recuerda al que hace la víbora con sus crótalos cuando abandona su refugio y atraviesa el campo al descubierto. Efrain, el viejo, me dice que lo hacen para suplicarnos un acto de misericordia y que les lancemos al otro lado de la pared alimento, fruta y pan; él es sólo un anciano, necio y enfermo por eso dice esas cosas. Esta noche no consigo dormir y siento que me arde la piel. Me he incorporado de mi lecho y ando entre los árboles del huerto para sosegar mi inquietud. Sí que escucho otra vez, allá en la pared, ese golpeteo de los leprosos, hijos malditos de la gehena. Me acerco al muro y allí está caído en la tierra, ni muy grande ni muy pequeño, un cuenco de madera. No soy temeroso, llevo conmigo el azadón y mis brazos son fuertes aunque debo ser cuidadoso, mis ojos buscan otros ojos en la oscuridad con cautela. Misericordia dice el viejo Efrain, necio, yo no la conozco.