La visita.
Voy con mi madre cogido de la mano, sin soltarme, de vez en cuando hago fuerza y aprieto su mano porque me gusta que sepa que caminamos juntos y que no me separo de ella. Nunca he visto estas calles, aquí las casas son bajas y pequeñas, no hay adoquines, ni aceras, sólo hay tierra como en el descampado de mi barrio y en la marmolería donde juego con mis amigos. Unos niños mayores están echando un partido y también hay unas chicas jugando a la goma y cuando pasamos se nos quedan mirando. Nos hemos parado en un portal con la puerta toda de madera, con una cerradura dorada que brilla mucho, como si fuera oro, mi madre me arremete la camisa por el pantalón, me repasa el pelo y dice “le hacemos una visita a tu tío Antonio, quizás no te acuerdas de él pero está malo así que se formal”. Nos abre un señora bajita y gorda que nos sonríe y me da un beso, a mi no me gusta nada que me besen, detrás está un señor con bigote que es mi tío y que también besa a mi madre, luego se pone de cuclillas y me abraza.
La casa no es un piso, es una casa como las de las películas, sólo vive él, sin vecinos y sin portera, aunque la señora gorda es como si fuera la portera, pero sólo para él, no la tiene que compartir. Hay muebles grandes, libros, muchos cuadros en las paredes, hay láminas de ciudades antiguas y también de trenes, de máquinas de carbón y de máquinas modernas, con muchos colores, con bosques de pinos, lagos azules y gente que ríe como si estuviera pasándolo muy bien. Los trajo mi tío de Francia cuando era maquinista de tren. A mí lo que más me gusta son los colores que tienen; se parecen a los cromos pero en grande y los prefiero porque son de verdad, los cromos en cambio son un poco de engaño, cualquiera los puede conseguir comprándolos en el puesto de la pipera.
Mi tío y mi madre charlan entre ellos, están contentos, hablan de otra época, cuando eran jóvenes, de teatros y de la Gran Vía. Me ponen un vaso de leche con bizcochos, estamos en el salón y de repente hay una luz amarilla que entra por los visillos, escucho la voz de mi tío que me parece una voz muy buena, mejor que la de los locutores de radio, que la de los vaqueros y soldados de la caballería que salen en el cine. Sí mucho mejor, pero de cuando en cuando le da un golpe fuerte de tos, que luego se le pasa. Pegado a la ventana hay un mueble largo, una cómoda, tiene encima fotos de personas que no conozco, algunas son antiguas otras creo que no. Mi madre habla mucho y eso me extraña porque no suele hacerlo, me cuesta mucho que me explique algo cuando le pregunto, está contenta y con esa luz que hay aquí dentro parece distinta. Me gustaría quedarme, pero nos tenemos que ir. Cuando salimos me besa mi tío Antonio, me levanta en el aire y me vuelve abrazar pero ahora con mucha fuerza. En la calle siguen las niñas jugando. Le pregunto a mi madre si la próxima vez que veamos al tío le puedo pedir que me cuente cosas de mi padre. Mi madre no me responde y me parece que está llorando, pero yo no la miro, para no verle la cara de pena y aprieto mi mano en la suya. Estamos en la puerta de nuestro piso y desearía que aquí tuviéramos esa luz amarilla y que estuviera también el tio Antonio, con nosotros.