La carta.
-No te he visto hoy en el patio.
-Me he quedado en la celda, no me sentía con fuerzas. Quizás esté enfermo o simplemente débil.
-Hoy hace cuatro años que entramos. Hemos sobrevivido y estamos más cerca de la libertad. Aférrate a eso, aliméntate con ello, eres fuerte y has llegado hasta aquí.
-Tu no has visto al gitanillo colgando de una cuerda, desde entonces algo se ha desmoronado dentro de mí.
-Sé que es terrible, pero tienes que dejarlo atrás. No sé cómo llamarlo, pero olvida, escápate porque aquí no hay lugar para compadecerse de otros, ni tampoco de uno mismo.
-El gitanillo me dijo una vez que yo era un criminal señorito, atracaba por la espalda para no tener que mirar a los ojos de mi víctima. He robado desde un despacho y desde un campo de golf, en sitios así, asépticos y pulcros.
– ¡Para! Has visto a la muerte y tienes miedo. Aquí huelen el miedo. Tus delitos son insignificantes y, sobre todo, no importan. Aquí dentro hay psicópatas, brutos dementes, hienas que devoran por necesidad o por placer, el resultado es el mismo, así que haz lo que tengas que hacer para no ser el alimento de uno de ellos. Para no acabar como el gitanillo.
– ¿Tuve la culpa de lo que le pasó al muchacho? No he bajado al patio para no cruzarme contigo y así evitar la ocasión de poder preguntarte.
– ¿Quieres saberlo, seguro?
-Adelante.
-Adelante, sí eso es. Antes te contaré algo que me ha pasado. Ayer me avisaron que recogiera una carta. Pensé que era de mi abogado, del asunto de la apelación. Pero no, era un sobre ordinario, nada oficial, sin remitente y con un matasellos de correos de Múnich. Con mi nombre y la dirección postal del presidio escrito a mano, en una letra ligeramente infantil.
– ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
-Espera. Cuando cumplí treinta años, decidí que haría un viaje que deseaba realizar desde que era joven, cruzar Europa hasta llegar a Noruega, con una simple mochila y solo. Conseguí unas semanas de vacaciones en el Banco y una mañana de finales de junio salía de la estación central de Milán, nunca en mi vida había sido tan feliz. Estuve en Brescia y Bolzano y luego pasé a Austria y Baviera, en Múnich alquilé un cuarto de una pensión en un suburbio lleno de inmigrantes. Me quedé una semana y nunca he recordado nada de esos días. Allí terminó el viaje. Siempre he sabido que algo sucedió, algo que yo hice. Han transcurrido muchos años y ahora en la cárcel me llega esta carta.
-Pero… ¿de quién es la carta?, ¿qué cuenta?
-No la he abierto, pensé en destruirla. Pero no, la he guardado y no la abriré nunca. Cuando salga de aquí, en el primer instante que sea libre fuera de esta jaula, quemaré la carta. ¡Haz tú lo mismo!