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Manos.

6 abril 2023

El furgón recorría la carretera sin tráfico, una mañana de septiembre. La mano del niño estaba encima del motor, que en medio de la cabina separaba los dos asientos; sentía su trepidar bajo la tapa de lona que lo cubría. Pensaba que era la primera vez que iba en el asiento y que se estaba mejor que cuando tenía que ponerse encima del motor.

—Papá hoy corremos mucho.

—No hay coches y podemos ir a más velocidad, pero sólo llevamos un poco más de la normal, fíjate en la aguja, casi llega a cien, pero no pasa de ahí —respondió su padre, que sujetaba el volante con fuerza, más de la requerida para dominar la dirección, mientras el niño miraba por la ventanilla el paisaje.

—Hay árboles al lado de la carretera, pero como vamos muy rápido, no me da tiempo a verlos. Pasan unos detrás de otros y desaparecen. Es como si se borraran, como si estuvieran hechos de humo y en un momento estuviera allí el árbol y luego dejara de existir… ¿Eso es lo que sucede cuando alguien se muere? —terminó preguntando el niño.

Luego los dos escucharon el silencio.

—Me gusta ir sobre el asiento, como si fuera una persona mayor. Pero preferiría que mamá estuviera aquí sentada y yo estuviera otra vez en medio, sobre el motor y entre vosotros, como antes de que ella…

El conductor levantó por un instante las manos del volante, lo justo para poder contener el vacío dentro de sí, para que no saliera de su interior y se tragara el mundo y a su hijo con él.

Era un hombre con unas manos fuertes, con una de ellas llevaba el volante con la otra sujetaba la mano pequeña y blanca del niño.

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