El gato y el lebrel.
El sol castigaba sin contemplaciones por la virgen de Julio. Era por la mañana temprano pero el calor tenia ya encendida la atmósfera. Dos filas de higueras protegían la carretera con su verde furioso que desafiaba a la luz del verano. Más allá de la linde arbolada la tierra era amarilla y a tramos rojiza, abrasada por la intemperie, terminada la siega de los trigos. Ventura detuvo el Opel y se bajó.
Tres estrofas.
En la esquina está la librería antigua,
su escaparate de libros viejos
se ha llenado de una luz verde clara,
del sol que se detiene en la acacia.
La araña vive entre dos macetas,
de geranios rojos y rosas.
Lidia mira la red de seda
tan frágil, como de luz trazada.
En el borde del encintado juegan
con ramitas secas, hojas y castañas;
la niña hace que hace una ensalada
y se despeinan sus tirabuzones
en la calle de Embajadores.
Bishung.

Todo el camino era un barrizal, un río de lodo oscuro. Hasta los yak estaban agotados, se hundían hasta los hijares y los sherpas tenían que empujarlos y usar de los palos de bambú para que continuara la marcha de la caravana. Llovía sin tregua. Ernst no podía recordar otro paisaje ni otro tiempo desde que dejaron el Yang-Tse, una lluvia incesante sobre una tierra enfangada de colinas bajas cubiertas de bosquecillos y valles amplios, sin apenas vegetación. Ni el sol ni el cielo existían allí, al día sin luz le sucedía una noche en la que siempre arreciaba el agua.
Pasaban por pueblos abandonados en los que encontraban cadáveres mutilados con esmero. Al atardecer la caravana se tuvo que detener, el camino estaba ocupado por centenares de campesinos, familias enteras que huían de los comunistas que habían entrado en su aldea. Eso significaba que habría que dar un largo rodeo para evitar a las milicias rojas. Sobre el mapa trazaron un nueva ruta, primero retrocederían hasta JiangHu, deshacer a marchas forzadas mas de cien millas, para luego tomar dirección noroeste durante otras cuatrocientas millas. Ernst le dijo a Duncan que iría con los dos cazadores tibetanos a comprobar si los comunistas dominaban la región o se trataba tan solo de una partida aislada. No espero respuesta del americano, se giró con un gesto y le siguieron los alimañeros y también Vladimir, el ruso blanco y el fiel Wang. Salieron al galope dejando a Duncan convencido que aquel loco se dirigía hacia la muerte.
Vladimir y los tibetanos acabaron discutiendo por la cabeza de uno de los comunistas, antes de que los cazadores pudieran hacerse con ella, Vladimir la había triturado con una enorme piedra. A los tibetanos les ofendía que alguien tocara un cadáver que ellas habían abatido y que ahora en ese estado, un amasijo de huesos, de piel y de sesos era imposible empalar junto a las otras cabezas del resto de los soldados rojos. Regresaron pasada la media noche, Duncan que ya había rehecho varias millas del camino, se alegró francamente pero pensó que no le daría otra oportunidad a este alemán loco de poner la vida de todos en peligro, especialmente la suya claro.
Dejo de llover, la temperatura era más baja y las noches aunque todavía no helaba eran muy frías. Los caminos se fueron secando y por fin avanzaban a buen ritmo bajo un cielo azul y un sol suave. Los pueblos estaban habitados, la guerra no había alcanzado aquellas tierras y podían comprar alimentos a los campesinos, galletas, leche de yak, queso, mantequilla y hasta consiguieron habas frescas y manzanas.
Wang le despertó, no le entendía nada de lo que decía. El chino desesperado empezó a gesticular de una forma absurda, como si hubiera enloquecido. Miró su reloj, faltaban más de dos hora para que amaneciera.: “Bishung” le repetia Wang muy bajito para que nadie se despertara, metiéndole casi los labios en el oído. Bishung, el oso gato del bosque. Se calzo las botas y le hizo una señal de silencio a Wang. Recogió el rifle echó una lata de sardinas al macuto y salio de la tienda mientras Duncan dormía profundamente.
El bosque era tupido, el bambú crecía formando frondas, abigarradas y verticales sobre un suelo que estaba tapizado de hierba y de hojas. Había grandes piedras cubiertas por musgo y donde los árboles y el bambú dejaban espacios crecían helechos y una planta que recordaba vagamente a la hiedra pero con hojas diminutas. La luz del mediodía se derramaba en haces plateados que atravesaban aquel bosque que permanecía oculto al cielo. Ernst ordeno a Wang que le esperara junto a una pequeña poza de agua, el continuaría solo desde allí. El chino se quedó desconcertado, sin embargo como siempre obedeció.
Bishung se acababa de despertar y algo extraño estaba en el bosque. Había un olor desconocido. Antes de trepar mas arriba olisqueó de nuevo para encontrar de donde venia. Si… allí estaba, Bishung se asustó. Nunca hasta entonces había visto un ser así. Cuando Bishung se asustaba, todo el bosque tenía miedo y un silencio funesto se apoderaba del aire y de todas las criaturas, de los pájaros, de los animalillos que viven en los árboles y los que se ocultan en la tierra y también de los árboles y de los líquenes y de las plantas de las que brotan las flores tan bellas, todos los seres quietos y verdes, los que se mueven con sus patas y los que vuelan a todos ellos les alcanzaba el miedo.
Ernst escuchó aquella voz de nuevo y dejo de apuntar a Bishung con el rifle. Era la misma voz de que le habló de niño en el bosque, en las afueras de Colonia. No había palabras pero era una voz. No era tampoco música y él no podía entender que le decía. Se desplomó sobre el suelo. Le dolía una pierna y aquel dolor le devolvió ese eco que es la conciencia y supo que estaba allí caído todo lo largo que era y que estaba rezando.
La Luz de Gredos.

Alguien hizo allí un salón de estilo ingles. Había muebles eduardianos, una biblioteca colonial de teca con cristales emplomados, sillones y un gran Chesterfield de un hermoso color ambarino, del techo colgaba una gran lámpara de latón esmerilado con forma de loto. Cuadros con escenas de una campiña suave, con robles y manzanos, con caballos de pura sangre y también damas esbeltas y gentlemans que divagaban al borde del flirt una tarde de verano. Sería del gusto de la reina o para honrar su sangre británica o simplemente porque estaba bien tener en el Parador un gabinete ingles, clásico y moderno, distinguido.
Tomábamos whisky on the rocks y José Antonio nos había ofrecido sus cigarrillos turcos. Le escuchábamos Sánchez Mazas y Raimundo, el capitán Lastra que hacia de enlace con el ejercito, Noblejas que era el jefe de milicias y yo. Guardábamos silencio con un nudo en la garganta, reteniendo la respiración.
– En Portugal estarán los diez mil fusiles del arsenal de la armada, pero antes habrá que trasladarlos desde el Ferrol y eso es cosa nuestra.Se necesitaran unas 20 camionetas, cinco me ha ofrecido Aizpurua, las otras las tienes que conseguir tu Raimundo. El gobierno portugués nos proporcionara un millón de cartuchos y quinientas pistolas, son revólveres ingleses de la guerra, pero servirán.
– Pepe tu te encargaras de que nuestra gente cruce la frontera y llegue a tiempo, en esto no puede haber retrasos, no vale acudir al día siguiente. Será en Agosto, España entera está de vacaciones y nuestro objetivo es tomar Salamanca, no habrá ni doscientos soldados de guarnición y en cuanto a la guardia civil, no será un problema, todo lo contrario.
Por el ventanal del salón nos miraba Gredos, con su inmensidad de roca y nieve. Nos miraba Castilla toda esa tarde de semana santa de aire frío y de cielo cárdeno. Había una luz azul y plata que estaba fuera y también dentro de la habitación. Aquella luz de Gredos. Nada fue tal como habíamos planeado, mas todo se hizo, se obró un milagro al que entregamos nuestra vida, lo mismo los caídos que los supervivientes. Pero éramos jóvenes y esto no lo sabíamos aún. Noblejas murió entre los muros del Cuartel de la Montaña y Lastra en la ofensiva que reconquistó Teruel.
He regresado en varias ocasiones al Parador de Gredos buscando encontrar de nuevo aquella luz azul y plata que nunca he vuelto contemplar. Aquella luz de Gredos pertenecía a otro tiempo y a otro mundo, el de los milagros y los héroes.
Marta
He llegado a este campo de lirios azules
y son tus ojos azules, Marta que me miran.
Aquí tu piel tan blanca, es está luz ahora
y también es la suave colina y el horizonte.
Mis manos se recrean en esta tierra
que es tu vientre dulce y tu pálpito cálido
y son las alondras, el jilguero y el ruiseñor
tu voz y tus sueños, que solo ellos guardan.
El rio se reconforta en ti, lleva en su canción
tu nombre Marta con estrofras de agua y plata
y se remansa, para ser tu cabello rubio.
Y la arboleda alta y verde, es tu oración,
reza por ti y mira vertical a tu rostro, arriba
sabe que hablas con el viento y con Dios.
El la cuida.
De tan áspera piel es el cemento de la calle
que el sol se ha quedado en las ramas de los árboles
la luz mira desde arriba,
no se atreve a bajar
se hace casi negro el suelo de la acera,
fragor de dureza, cruel.
Por esa calle suben, bajo la luz, sobre el cemento.
Juntos, muy juntos, así él susurra su rostro en cada paso,
en cada palabra alienta su alma, es un viento bueno
que casi la hace flotar.
Va limpia, pulcra, él la cuida,
con un amor esmerado,
la peina su cabello blanco.
Y le habla, le habla del baile
y del colegió de los niños,
y de una perrita blanca, que se llama Perla.
Y le da besos, muy suaves
que son infinitos,
para ella que es todo silencio, desde hace años.
El cemento aprisiona la tierra, que tanto ama el sol,
llegará el sol, no por fuerza, sólo por amor.
Antes del otoño.
Después del verano hay un tiempo en que la tierra descansa, aguardan los campos, los árboles, al otoño que aún no ha llegado. Es un tiempo que ha dejado atrás los calores del estío y que no conoce todavía la lluvia anhelada ni el viento frío. Días hechos de una cierta quietud que serena la vida. Era entonces cuando aquella mujer bajaba al pueblo, traía siempre un capacho con madejas de lana y un cuenco grande de cobre lleno de aceitunas aliñadas. Nunca supe de donde venía y no me atrevía a preguntar a mis mayores quien era, pero siempre aparecía tras el verano. Prefería no saber como si el conocimiento sobre ella fuera un acto innoble que pudiera acabar de una manera funesta; que hiciera que ella no regresara.
Terminó también aquel verano y le sucedió otro otoño, pero ella no apareció. Fue cuando abandoné mi casa y me despedí de mi familia, me alejé en busca de un porvenir que mi pueblo nunca podría ofrecerme.
Han transcurrido muchos años y sigo sin saber nada de aquella mujer. No quiero preguntar por ella a los viejos y nunca regreso al pueblo en esos días, justo antes de que llegue el otoño. Y sin embargo cuanto daría por estar de nuevo allí, verla otra vez, quizás hablar con ella.
El búfalo en el arrozal.
Al atardecer contemplo al búfalo en el arrozal
su esfuerzo no conoce recompensa ni descanso,
sometido al campesino rudo de inagotable afán.
El bosque y la montaña, llaman al búfalo,
más el sigue aherrojado a la tarea de su dueño.
Siento que mis días no me pertenecen
el quehacer, mis deberes, tan pesada carga,
como tierra seca que entrara en mi boca.
Quisiera ser como la grulla de plumaje de nieve
que conoce las montañas poderosas del norte
y también la canción armoniosa en el mar del este.
Un vencejo en la ventana.
Abría la ventana y era una proclamación que llenaba de aire y de luz la habitación, del cielo del verano dibujado de vencejos, cálido y sereno. Se había vuelto para encontrarse con sus ojitos negros, con aquella mirada infinita de su niño que se le aferraba al corazón y le decía: “mama aquí estoy, te necesito, necesito tu fuerza y tu amor”. Lo primero, antes que nada, la limpieza y la cura y luego dejarlo todo preparado, gasa, suero y el inhalador, para cuando regresara por la tarde. Le preparaba el desayuno María, la asistenta peruana que cuidaba del niño mientras ella estaba en el juzgado. Apenas tenía cinco minutos para el desayuno, para saborear el café con leche que tanto le gustaba y el último minuto para abrazar a su niño y salir deprisa, siempre deprisa hacia la oficina.
Hubo un tiempo, al principio que odiaba la enfermedad, que renegaba del mundo y de Dios por aquel mal que se apoderaba del cuerpo de su hijo. Ahora ya no, ahora casi ni lloraba, sólo algunas veces, de repente; era como si las lágrimas surgieran solas, como si se quisieran escapar sin congoja, sin sollozo desde algún lago sin fondo del alma.
Cuando el niño preguntaba por su padre, cuando quería saber si iba venir a verle, sólo entonces volvía odiar. Escuchaba en su mente la frase que era todo horror y frente a aquellas palabras de veneno se interponía ella para que no alcanzaran a su niño. “Para vivir de esta manera es mejor estar muerto”. Sí, le odiaba.
El juzgado eran ocho horas diarias de papeles, del ruido de las impresoras, de carpetas y legajos amontonados sobre las mesas. Había sombras, se pusiera donde pusiera siempre había alguna sombra para impedir la claridad, para que la luz estuviera siempre manchada por algo borroso, una atmosfera que todo lo convertía en desgastado e incomodo. Le sucedía en ocasiones que dejaba de distinguir las letras sobre el papel, esforzaba la vista y solo percibía una línea oscura, torpemente trazada sobre un plano amarillento.; tenía que levantarse rápidamente, salir a la calle con cualquier escusa, hasta que se le pasaba.
Siempre alguien traía revistas a la oficina, en una había el reportaje sobre una actriz que enseñaba su nueva casa. En las fotos, que no tenían sombra alguna, todo era tan perfecto que daba un poco miedo. Las niñas jugaban en el jardín con un hombre que parecía feliz. Le vino una arcada y luego algo de odio otra vez, pero no mucho, fue un instante.
En el monasterio de Saharna en Moldavia se conserva un palimpsesto nestoriano del siglo VII, que habla de los ángeles y en el que se dice que los vencejos y las pequeñas golondrinas son criaturas del reino de los ángeles, que hacen también de emisarios de Dios. Un vencejo se ha posado en la ventana, ha detenido su increíble vuelo para quedarse allí quieto, mirando al niño y a su madre y a María, que está calentando la leche para desayunar los tres.
La niña mora.

Felicidad no era la palabra. Habíamos resucitado sí. Resucitado de la muerte, de la sed, de los orines que nos bebíamos, del hedor de la gangrena y los excrementos. Del terror. Sólo quien conozca un blocao en Marruecos, quien haya sobrevivido a un sitio de la cábila puede entender lo que quiero contar.
Me abracé al cabo del tercio que me echo los brazos encima para levantarme, ni a mi madre la hubiera abrazado con tanta felicidad. El tío se puso a llorar. No quedaba ni una sola gota de líquido en mi cuerpo y agarraba como podía, sin fuerzas, el pellejo de agua. Bendita agua.
Un sanitario me hizo la cura del tiro en el hombro, alcohol, polvos azufrados y una venda limpia. Después no se como bajamos todos los supervivientes al aduar. Mejor decir lo que de el quedaba. Esparcidos por todas partes cuerpos de moros, los nuestros se habían empleado a fondo. Y de repente allí estaba, parada delante mi, casi tocándonos. Era apenas una niña, cubierta con una manta. Temblando, paralizada. Me miraba, había fijado sus grandes ojos de mora en los míos. Entonces desapareció todo, el blocao, la guerra, mi vida anterior. Lo único que quedaba era aquella niña y su mirada que ya no me penetraba la vista, ahora me devolvía mi propia mirada.