Nuestra vida.
Tenía unos ojos grises y tristes. El rostro bello pero con un gesto de severidad, como dispuesta para una bronca si sucedía algo que la incomodara. Y en la mejilla derecha, justo debajo del parpado una cicatriz no muy grande pero que el maquillaje no podía disimular. Era hermosa y era una bruja
Le daban miedo los espejos y lo primero que hizo cuando entró en mi casa fue examinar habitaciones y armarios para localizarlos. Tan solo encontró el del mueble del baño y era fácil de solucionar, bastaba con colgar una toalla mientras se duchaba. Nunca me expliqué como se arreglaba y se pintaba pero todas las mañanas salía perfecta. Los espejos eran su talón de Aquiles, pero era una bruja solvente y no se dejaba arrastrar por el pánico, tomaba sus precauciones y evitaba simplemente, así lo decía ella, que la atraparan.
Su principal talento de nigromante era que veía la vida de la gente, le bastaba con coger la cabeza de alguien entre sus manos, rozando apenas con los dedos las sienes del desconocido y ya sabía todo lo que le había sucedido: los años de la infancia, el cariño de su madre, las peleas con los compañeros del colegio, porque nunca acabó la carrera y como fue aquel maldito accidente con el coche justo el día que se iba a licenciar del servicio militar. Apenas unos segundos con la cabeza de cualquiera entre sus manos y podía escribir su biografía completa desde su nacimiento hasta ese instante.
Nunca practicó con mi testuz. Una tarde de octubre soleada, que paseábamos por el Parque del Oeste me atreví a preguntarle por qué. Si giró con es mohín de enfado que siempre tenía en prevención y dijo:
– Tu vida, lo que te ha sucedido no eres tu. Se quien eres tu y además eres mío.
Fue una tarde estupenda.
El tren.
El tren.
Ha sacado un billete justo un minuto antes de que partiera el tren. Ha llegado apresurada, agitada; arrastrando una maleta casi más grande que ella. Ha subido empujando la maleta a trompicones. Nadie la acompañaba, nadie ha llegado para despedirla.
Se va para escapar de una vergüenza, cruel y estúpida, para huir de un miserable. Con el tren en marcha, agotada, duerme. Y sueña por primera con el hijo que lleva en las entrañas. Será un niño y ese sueño va inundar toda su vida, pero ella todavía no lo sabe. Tan solo sueña.
Iglesia de la Concepción
Iglesia de la Concepción, Semana Santa 2008.
Blanca atalaya custodiada por los ángeles
donde Tu presencia derrama celestial amor
aquí en este reino de prósperos comerciantes,
también los hombres maldicen su destino.
Creen ignorarte Señora Inmaculada quienes persiguen
con minuciosa perseverancia la fortuna de Salomón,
proveer de posesión al deseo que insaciable
se reconforta en esplendores de escaparates pletóricos.
Todo… vanidad de vanidades, eso ya la enseña la vida,
dura es la ley verdadera, hierro para el corazón
ni el lujo ni la sabiduría, son la patria del alma.
Te elevas sobre una filigrana en gótica torre,
Sobre la calle Goya, en un altar de aire sostenido
Madre del Cielo, dispensadora de gracia, por nos intercede.

En el metro.
En el metro.
Escaleras y ándenes, pasillos: espacio para una luz láctea,
hecha de una pálida sustancia, es esta atmósfera del metro
una resonancia metálica, que todo lo impregna
también los cuerpos, aquí donde hay tantos cuerpos,
tantos rostros entregados a una mímica aséptica.
Sentadas dos muchachas chinas, adolescentes, piel nacarada;
comparten el móvil, sostienen el contacto de sus mejillas
una junta a la otra, ojos negros que miran cómplices
una pantalla diminuta y sonríen, quizás comparten un secreto.
Al lado, otros ojos grises de mujer joven, blanca, muy blanca.
el cabello como de trigo y las piernas rotundas bajo los vaqueros.
Es fuerte, hermosa y su mirada reposa triste en otro lugar, lejano;
y sus manos que son rudas, entrelazadas, como si rezara .
Las chicas chinas viajan: exiliadas de algún harén. Imagino.
La mujer tan blanca, tan fuerte, tan triste, del norte,
guarda dignamente una pena, una culpa, y recuerda. Imagino.
En el metro, espacio para un teatro que proscribe la intimidad
los átomos se recomponen, para estas tres mujeres y sus vidas.
Imagino y miro, acertó Demócrito… en el metro, imagino y miro.
Brizna dorada
Brizna dorada, allí en el autobús,
las manitas agarradas a la barra,
el abrigo tan pequeño, muy abrochado.
Escucha extasiada la retahíla de la madre.
Cruza las calles, la caja roja y acristalada,
deambula con el sosiego de los asientos vacíos,
en esta tarde de domingo lleva un tesoro.
Señores de Kafiristán

John Huston, 1975: El hombre que pudo reinar.
Señores de Kafiristán.
En fila aquellos despojos de hombres,
harapos que apenas cubren muñones, ulceras, el miembro deforme.
Cada uno con su horror y con su cuenco,
donde yace alguna rupia y un puñado de arroz.
Intocables, tullidos, mendigos, impuros, parias… deshechos.
El pus, la pestilencia, las moscas, bajo el sol
un bullicio callejero pintado de fabuloso colores.
Entre la escoria, una ruina en posición de firme
abrasados ambos ojos que fueron azules
amputada la mano diestra,
alto y erguido, como su alma.
Recuerda Danny la segunda campaña del Rajastan,
tan sólo tu y yo y aquellos tres fusileros galeses.
Tras la loma, empalados los muchachos de la segunda sección.
Aguardamos a la noche, la bayoneta no se saciaba,
dejamos con vida al mas anciano y al mas joven.
Abrieron once tumbas, pusieron once cruces
Honramos a los muchachos, rezamos por ellos y por su madres
De recompensa, dos medallas y dos cajas de ginebra.
Recuerdas Danny, camarada … que dura fue la segunda campaña del Rajastán.
Fluye el río de la vida,
el destino ha sentenciado
a los dos saldados,
Señores de Kafiristan.
Sargentos Peachy y Danny,
gloriosa fue su hazaña
más allá de las altas montañas,
ellos solos, su valor y su fusil.
Un reino conquistaron y un reino perdieron.
Leales permanecieron en la ventura y en la cruel derrota
y a esos dos impostores, de igual forma trataron.
Mas allá de las altas montañas, gloriosa fue su hazaña.
Rosa
De un pétalo rosa,
de rosa seda para una caricia,
traspasa con hilo y fibras,
su tejido de tiempo, rosa.
Lleva a mis recuerdos de otro lugar,
para otra tarde en hebras,
instantes en tu piel, Rosa.
Nieve
No era suave; no era fácil. No era como me lo habían contado. Cada paso era una cuchillada que se hincaba en los píes. Y sin embargo seguía caminando, quizás porque el de delante caminaba, quizás porque el de atrás caminaba. No veía y no era por el blanco, aquel blanco de locura, sin límites; era el viento, la ventisca que abofeteaba los ojos. Al menos eso era de agradecer, no ver el blanco, aquel blanco sin límites.
No, no era como me lo habían contado: morir en la nieve, abrazado a un sueño ligeramente inquietante como el que proporciona la morfina. Y estaba demasiado agotado, demasiado aterrado para considerar que aquel dolor era la vida.
No se porque todos esto me viene de nuevo a la memoria, ahora junto a este lago.