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Johannes.

10 octubre 2013

Todo cambio es instantáneo. La puerta que estaba cerrada queda abierta un momento después. Antes hay algunas señales, la luz que se filtra a través del cerco, o una sombra difusa que se ha deslizado por el suelo. Esas señales no están para predecir sino para atestiguar. Había amanecido un día sereno y luminoso, el mar de Terranova era aquella mañana el Mediterráneo hasta en el azul del agua. Johannes lanzó el arpón y no erró, se clavó sobre el dorso de la ballena. Aferró un segundo hierro y antes que saliera despedido de su brazo sucedió. Vio el lomo del animal desgarrado por la cuchilla, la carne abierta roja de sangre, allí estaba todo, en aquella herida atroz. Estaba el horror de los desolladeros, de la fabrica de aceite de ballena, de las moles de carne torturada de los cetáceos. Estaban los puertos sin nombre a los que había arribado, con la infamia de sus burdeles y el alcohol que pudre al sangre de los pobres marineros. Y junto al armador y su pestilencia de avaro, estaba la crueldad del maestro en la pequeña escuela de la aldea cuando tan solo era un niño. Y la tuberculosis de su madre y las palizas de su padre. Y la pena sin remedio de su hermana el dia de la boda. También el segundo arpón alcanzo a la ballena y fue definitivo, pero Johannes ya había atravesado la puerta, estaba al otro lado.

Para ser arponero Johannes había sido un tipo raro. Guardó durante años el dinero que ganaba, ni lo gasto en bebida, ni en el juego, ni con las mujeres. Tampoco lo ahorró con propósito alguno, nunca se interesó por comprar una participación del buque ballenero en que embarcaba. Simplemente guardaba el dinero, libras inglesas, el resto de las monedas las cambiaba. Excepto un doblón español de oro. Con aquella pequeña fortuna compró un horno en Sant Gall, en el viejo cantón católico y se convirtió en panadero. De su vida anterior conservaba el doblón de oro y un hermoso cuerno de Narval que había colgado en el despacho de pan. Era de un color ligeramente plateado.

Las gentes del valle, tan lejos de cualquier mar, estaban fascinadas; burgueses o simples campesinos acudían a la panadería de Johannes para contemplar el cuerno del narval. Pronto se extendieron rumores sobre el Unicornio, testimonios desde las aldeas que están en la montaña y entre los bosques, de quienes habían visto al Unicornio trotar para desaparecer en la espesura.

Una mañana de mayo Johannes descolgó el cuerno del Narval y lo enredó en una pesada cadena de hierro y todo junto lo envolvió como un fardo. Después se dirigió al lago Gübensee, que está apenas a una legua de Sant Gall y sumergió aquel fardo en la profundidad del agua, también arrojó el doblón de oro. Entre el verde de la pradera y el de los arboles del bosque que rodeaban el lago, la mirada de Johannes buscaba al Unicornio, fugaz y blanco.

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