Antes del tercer dia.
Todo lo que recuerdo de mi vida son los últimos tres días; jueves, miércoles, martes. El lunes es un antes tras el que no hay nada. Conozco mi nombre y he podido leer en el documento de identidad mi edad precisa y hasta como se llamaban mis padres. Leer más…
Galerna.
Al mar le satisfacen los barcos y las historias imposibles. Un vez escuché contar a un marino superviviente de un naufragio como un Titan que surgió entre la olas enormes del temporal se apoderó uno a uno de los marineros de aquella tripulación. Absorbió sus cuerpos, los succionó con sus fauces que chorreaban espuma y sal. Y luego escupió sus almas, regurgitó un puñado de espíritus de hombres sencillos, ordinarios y olvidados. Durante días aquellas almas revolotearon perdidas en la inmensidad horizontal del océano hasta que agotadas se entremezclaron con las olas y también desaparecieron.
El viajero.
Un hombre llegó al monasterio un día de primavera. Era de porte distinguido y todavía joven. Quería saber si en la biblioteca se guardaban mapas o algún libro de las tierras del norte que se extienden más allá del gran rio. El abad le explicó que el no conocía ninguna obra que versara sobre aquellas tierras tan lejanas, Leer más…
La súplica de Ifigenia.
Fragmento de un poema autor desconocido, probablemente ateniense del siglo III; descubierto en 1959 en la biblioteca del Hermitage.
Tengo frio, tanto que todo mi cuerpo tirita y siento debajo de la piel el temblor de mi sangre que va a ser derramada.
No quiero mirar a mi madre, camina delante de mi y se ha hecho cubrir la cabeza con un velo negro, como negro es el peplo con el que se ha vestido. Su rostro fué siempre grave y frio, nunca me ofreció ni ternura, ni compasión, ni alegría. No me amaba y como el dueño del ternero hoy me lleva ante el matarife, para esto me ha criado.
Mi padre me quería y de niña era feliz cuando estaba junto a él.
Mi padre es el rey pero ha dado muerte a un ciervo blanco en el bosque sagrado de Apolo. Para expiar su pecado ha ordenado mi sacrificio y se ha marchado en sus naves muy lejos, más allá de las bellas Cyclades, a las islas frente a la costa de Troya. No quiere estar aquí, no quiere salvarme.
He de morir yo que no tengo culpa, que todavía no soy mujer, que mi pecho aún no ha nacido. Ahora mientras me llevan escucho lejano el sonido del mar y quisiera sumergirme bajo sus aguas. Le suplico al dios Poseidón que acabe con mi vida y que me libre del horror de la piedra y del cuchillo.
¡Te lo suplico Mar soy inocente como el ciervo blanco, sálvame!.
La vaca sagrada.
La barra del bar era de mármol rojo, con vetas mas claras ligeramente rosaceas. En una repisa de la pared estaban alineadas las botellas de whisky, las distintas marcas de bourbon y de ginebra, que componían una atractiva armonía entre la transparencia del vidrio y los colores distintos de cada licor. Leer más…
El ciervo blanco.
En el norte lejano están los bosques de abedules. No hay árbol más hermoso, con sus hojas pequeñas como puntas de saeta y su corteza como la nieve. Los abedules son altos y crecen rectos, sus ramas miran al cielo, azul en los días verano y de plata incandescente en las noches boreales. En uno de aquellos bosques habitaba un hada que cuidaba de los abedules y los guardaba de los hombres destructores.
En las noches de luna llena el hada se sumergía en las aguas profundas del un lago que había en medio de los bosques y en su fondo de algas siempre verdes y piedras de colores dormía hasta que la luna se ocultaba tras el horizonte. Entonces el hada interrumpía su vigilancia de los árboles y las criaturas que allí viven. Una noche un leñador cuya pasos iluminaba la luz del plenilunio llegó al bosque y pensó que nadie se percataría si talaba solamente un abedul, un árbol joven ni demasiado alto ni demasiado grueso, que el pudiera arrastrar. Con su madera haría un par de esquís para el invierno y unas almadreñas para la primavera.
Cuando el hada despertó de su sueño supo que algo malo había sucedido y recorrió el bosque hasta que descubrió el tocón del joven abedul. No demasiado lejos encontró también al leñador que arrastraba con esfuerzo el tronco. Quizás el hombre debería de haber sentido temor del hada y huir pero al contemplar su belleza su corazón se quedó prendido. El hada estaba muy triste y su dolor era muy grande, tanto como sus poderes y su hermosura y por eso al instante transformó al leñador en un ciervo majestuoso y blanco.
Y allí en el bosque de abedules se quedó para siempre el ciervo blanco, con su corazón de hombre enamorado. En las noches de luna llena el ciervo blanco cuida de los abedules y también del hada, que duerme en su sueño, bajo las aguas del lago.
Una fábula antigua.
Había un hombre justo que vivía en el desierto. Poseía un gran rebaño de ovejas y algunos camellos y un corcel negro como la noche y también esclavos. Un día, cuando el sol de la mañana Leer más…
Johannes.
Todo cambio es instantáneo. La puerta que estaba cerrada queda abierta un momento después. Antes hay algunas señales, la luz que se filtra a través del cerco, o una sombra difusa que se ha deslizado por el suelo. Esas señales no están para predecir sino para atestiguar. Había amanecido un día sereno y luminoso, el mar de Terranova era aquella mañana el Mediterráneo hasta en el azul del agua. Johannes lanzó el arpón y no erró, se clavó sobre el dorso de la ballena. Leer más…
La luna en el lago.
El agua del lago nada tiene que ver con el agua de los ríos, ni tampoco del mar. Es oscura, negra no, pesadamente oscura y basta con contemplarla para comprender que en ese liquido gravita una carga inconmensurable.
No hay movimiento alguno, el agua del lago está quieta, permanentemente detenida, una masa acuática sin ondulación, sin la mas leve vibración sobre su superficie, ni tan siquiera en la orilla es posible detectar un ola diminuta, el agua se queda allí con la pretensión de permanecer adherida a la tierra que en vez de ceñirse pudiera ser que retrocediera a su contacto.
El agua es tan pesada que en la noche del plenilunio el caminante que llega allí y permanece hasta que la reina blanca ha marchado al otro lado del horizonte, contempla por unos instantes la imagen de la luna, que continua sobe el agua oscura, inamovible de aquel lago.
Un instante extraño.
No es un barrio bonito, carece de encanto, de lugares acogedores y lo que es peor tiene algo indeterminado que es agotador, quizás sea una atmósfera gris que extiende por sus calles como una silicosis etérea pero funesta, que traspasa las estaciones, persiste en la helada de enero y en el solazo del estío. Los bloques de casas se extienden jalonados unos tras otros, rodeados de ceras estrechas con acacias con la corteza negra por la carbonilla de la contaminación. Leer más…

